30.3.02

Ornitonirofilia



Mientras por mi mundo de lectura pasan los paisajes centelleantes de Corfú, la confusión colorida de África, y las frustraciones y maravillas de la vida de Gerald Durrell, por mi ventana pasa un sol amarillo manteca que vira a un blanco cegador al tocar alguno de los árboles cubiertos de flores blancas, grandes, primitivas, que se encuentran por todas partes en Corvallis.



Kakapo y turista. El kakapo es el de arribaSi Gerald Durrell tenía el don de las palabras, y con sus descripciones podía hacerte ver mejor que nadie la maravilla de planeta en que vivimos, David Attenborough (a quien todavía no le perdono el apellido) tiene el don de la imagen. Sus documentales son perfectos, maravillosos, lo mejor que existe. El otro día me compré de oferta un libro basado en su documental sobre la vida de los pájaros, y es una fiesta visual: fotos en cada página, perfectas, preciosas, momentos increíbles congelados en el tiempo, pájaros como raras veces se ven. Generalmente no me compro este tipo de libros, pero lo abrí al azar y lo primero que vi fue una foto a toda página de un kakapo, el único loro nocturno del mundo, todo jaspeado en verdes y grises y con las alas alzadas sobre la cabeza como un arcángel, y el libro fue mío.



Corvallis es rico en pájaros. Aunque uno tiende a fijarse sobre todo en los cuervos y grajos que pasean pesadamente por las calles, los más escandalosos son los arrendajos, que aquí se llaman blue jays, unos pájaros medianos, esbeltos, elegantemente ataviados en un delicado gris humo y el azul más bonito que te puedas imaginar, resaltado por finas líneas negras y blancas. Cuando los vi por primera vez me encantaron, tan coloridos y exóticos. Pero a poco me di cuenta de que son unos pájaros estridentes, maleducados, pendencieros, y más que un poco tontos. Ahora en primavera la cosa es todavía más exagerada, y van de acá para allá por las calles, riñendo y gritándose insultos, dándote unos sustos de muerte cuando se pelean entre las ramas de algún arbusto con un ruido como si te fuera a saltar encima un leopardo.



Para compensar, por el campus hay un buen número de pajarillos parientes de las currucas, con la cabecita negra, el cuerpo gris, y las alas ambarinas y blancas, que se refugian en los setos o cruzan corriendo delante de tí en busca de un bocado apetitoso al pie de algún arbusto. Son muy confiados y van a la suya aunque tú estés encandilada a medio metro, viendo el cuerpecito redondo y aparentemente ingrávido saltar de rama en rama por el laberinto tridimensional de la vegetación, soltado unos chasquidos suaves y amistosos, como besitos.

25.3.02

Naranja y salmón, madera clara

Me he concedido una pausa para café urbana, lo que quiere decir que me he lanzado calle Monroe abajo a ver cómo ha cambiado desde que no vengo por aquí a pie, de lo cual hace bastante. En un día de sol como este compensa ir despacito y con la nariz lista: están construyendo casa nuevas donde antes había una serie de edificaciones de madera marrón astillada en el mejor estilo Innsmouth. Las casas que están apareciendo en su lugar a la velocidad a que crece un champiñón son blancas, relucientes, con pulcros tejados de pizarra y cornisas que se curvan suavemente hacia fuera, un poco como una pagoda yanqui. Huele deliciosamente a resina porque en el solar de al lado han talado un árbol enorme, que ahora yace cortado a rodajas como algún tipo exótico de embutido revestido de corteza parda y con relleno color miel.

La fiebre de los cafés, que nació en Seattle, todavía no ha muerto, aunque ya ha parado su fase de metástasis exponencial. Ha aparecido un lugar nuevo en Monroe: Piazza (Fine coffees). A verlo.

Es uno de estos lugares que se apuntan a la estética “salita de la casa de alguien”. Hay dos alturas: primero está la barra, y un espacio con cuatro o cinco mesitas redondas de madera y uno de esos bancos que corren paralelos al gran ventanal de la fachada, de modo que te puedes sentar de cara a la calle y gozar de la infinita variedad de la fauna humana que recorre Monroe a todas horas. Supongo que alguna habrá. Y a la izquierda hay una tarima enmoquetada, separada del resto por una barandilla de madera, y aquí tenemos una vez más un ventanal muy grande, cuatro mesitas, y tres sofás rechonchos y amigables tapizados en microfibra color salmón para hacer juego con el color naranja cremoso de los muros, decorados con multitud de cuadros multicolores y bastante malos, es de suponer que de artistas locales. Si hubiera sólo uno o dos cuadros, el efecto sería hortera y algo triste. Como hay muchísimos, en todos los colores del arcoiris, el efecto es más amable y muy alegre, siempre que no te fijes demasiado en ninguno de ellos en particular. Si te sientas en uno de los sofás, con una estantería con trastos a tu espalda y una mesita baja delante de ti, arropado por mullidos cojines y con la luz del sol entrando a raudales por el ventanal y resbalando sobre el barniz de las mesitas, te puede entrar un sopor muy agradable. Los aburridos o solitarios tienen a su disposición un fajo de revistas más o menos cosmopolitas, de moda, de viajes, de negocios, y los más intelectuales pueden, si lo desean, hacer uso del tablero de ajedrez que campa a sus anchas en una u otra de las mesitas.

Yo, después de pagar con un dólar mi derecho a llenar un vaso de cartulina con el café contenido en un termo gigante, y a añadirle los necesarios condimentos, me he venido a uno de los sofás naranjas que parecen de tebeo y ando aquí más contenta que unas pascuas, tomando un cafelito y anotando cosas. No hay nadie más en el local: es Spring Break y la ciudad está en coma. Desde la cocina me llegan los sonidos de alguien chapoteando en una cantidad enorme de agua, que casi ahogan el jazz fusion que suena bajito por los altavoces del local.

23.3.02

Y ya que estamos...

Estoy con el día blogadicto hoy... Hace unas semanas vi en el Java Stop del campus a un estudiante muy concentrado leyendo un libro y subrayando cosas. Sólo que no subrayaba nada, porque el libro estaba en chino, y además de los escritos en vertical. Por más que lo intenté no pude acercarme lo bastante como para responder una pregunta que me corroe desde entonces: en los libros escritos de arriba a abajo, ¿se ---raya a la derecha o a la izquierda del texto?

Vaaale, ya paro.
Colombo

Como serie de televisión ajustada a una fórmula cual damisela victoriana a un corsé, hay pocas que ganen a Colombo. Quizá el Equipo A, no lo sé, pero desde luego Colombo se lleva la palma. Está todo tan, pero tan previsto que la emoción no está en averiguar quién es el asesino, sino en ver cómo el teniente chiquitín y astroso de la voz cazallera va tejiendo sus redes en torno a la víctima, que siempre se cree muy lista. Incluso en los episodios en los que el guionista, seguramente borracho, se olvida de decirnos quién lo hizo, siempre queda el recurso de fijarse en cuál es el actor secundario más conocido (siempre resulta ser el asesino o la asesina), o bien a quién dedica el teniente más tiempo, sonrisas y piropos.

Va a tener razón Terry Pratchett: la gente quiere que le cuenten cosas que ya saben. Esperamos la gabardina arrugada, el diálogo con la referencia a la nunca vista señora Colombo, la batería de preguntas, el teniente yendo hacia la puerta y el asesino relajándose por fin, y luego la pausa, el cuarto de vuelta, la mano levantada en un gesto apologético, el "Perdone, señor, una pregunta más...", y el gradual cambio de la actitud del malo maloso, desde una divertida condescendencia a una irritada inseguridad. Cambian las circunstancias del mundillo en que se mueve el teniente, pero el resto es tan previsible como el trueno que sigue al relámpago.

Yo le tengo cariño a Colombo, aunque sólo sea por un episodio en el que el teniente, con un estilo y una contundencia que honran al guionista del capítulo en cuestión, desenmascaró los trucos usados por un supuesto "psíquico" en un experimento de visión remota. Más episodios como ese harían falta, más, y menos series de televisión glorificando lo paranormal.
Yajú bujú

Los de Yahoo se han apuntado al carro de cobrar por todo. No es sólo que últimamente su servicio sea un desastre, es que ahora va y si no quieres pagar por usar Yahoo te dejan con nada. Yo tenía mi correo daurmith@yahoo.com redirigido a la cuenta daurmith@msn.com porque me gusta más el buzón de correo que tienen. Pero ahora también te cobran por redirigir el correo, de modo que voy a pasar muchísimo de ellos. He cambiado los enlaces de correo a la cuenta de MSN, creo que no me he dejado ninguno, pero lo anuncio por si acaso alguien se despista, me escribe a Yahoo, y no recibe respuesta en meses y años y siglos y milenios y no exagero nada, por qué me miran así...
De colores

El concurso Luces y Sombras murió de muerte natural, pero la página se quedó ahí por vagancia mía. Por fin la he cambiado, y lo que va a pasar en ella es que de vez en cuando pondré cuadros diferentes, generalmente uno sólo pero esto no está escrito en piedra ni nada. No he decidido cuán a menudo cambiaré las pinturas: depende un poco del número de visitas y de las imágenes digitales de que disponga.

Personalmente, el cuadro que acabo de poner a mí me encanta, me encanta...
La dulce primavera

Y una ful empaquetá. De dulce, nada. Jopé cómo están los animalillos del campo: ayer, dos ardillas persiguiéndose entre unos chillidos estridentes dignos de un aquelarre. Hace un momento, algo gordo ha caído con un "plof" audible fuera de mi ventana. Al asomarme he visto que eran dos estorninos entrelazados, dándose unos guantazos de impresión. Al ver mi sombra se han separado y han volado juntos, es de suponer para seguir pegándose, dejando un área de césped machacado.
Corte sólo un poquito por los lados...

No me había dado cuenta de que las peluquerías son un observatorio perfecto del género humano, o al menos de parte de él. Rigel sí se ha dado cuenta, vean, vean.

20.3.02

Sobresalto

El que me llevé ayer yo, en un rato muerto en el laboratorio. No sé por qué extraña configuración neuronal, se me ocurrió buscar "Leslie Durrell" en el buscador de imágenes del Google (quizá por mi continua manía de poner a prueba al pobre buscador, no sé). La cuestión es que Google se portó, como (casi) siempre, y me mostró una foto del hermano de Gerald Durrell: un joven sonriente de ojos claros, sentado a una mesita en lo que claramente era Corfú. Curiosa, fui a la página referida en la imagen. Y ahora por fin, he visto la villa fresa (ya no es fresa), la villa blanca (sigue siendo blanca), la casa rosa donde vivió (y murió) Spiro, las bahías que Gerry recorrió en el Bootle-Bumtrinket, los olivares que peinó minuciosamente recolectando ejemplares, las acequias en las que él y Teodoro pasaron horas enteras. Y había fotos de Teodoro, tan zorruno y elegante como se describe en los libros. Y una foto de la famila, todos menos Leslie, hasta Mamá Durrell, Louise "Dixie" Durrell, nada menos. Personajes que han estado conmigo desde los diez años, que por fin adquieren rostro. Paisajes que se materializan, increíblemente parecidos a como me los imaginaba. E información: qué fue de Teodoro, qué fue de Kralefsky, qué de Spiro, dónde vivió Larry Durrell... Y misterios: ¿quién es esa Nancy que aparece en la foto de familia? Nancy Durrell, me entero en el texto. Pero ¿por qué en ninguno de los libros que Gerald Durrell escribió durante su vida en Corfú se menciona que Larry estaba casado, y que Nancy estuvo con ellos desde el primer momento?

¿Y a qué espero para comprarme Prospero's Cell de Lawrence Durrell?

Y tras ver esta página web me entró tal nostalgia de Corfú, donde nunca he estado, que fui a la biblioteca y saqué todos los libros de Gerald Durrell que tienen.
¡Ya va, ya...!

Caray, qué plosma está el mundo real últimamente... Cuando tengo tiempo no tengo ganas y viceversa (ya, ya, la vieja excusa, a nosotros nos vas a engañar, que ya nos conocemos...) Ejem.

El caso es que un día, por no hablar del tiempo ni de la salud ni de los últimos avances en astronomía (que para eso ya hay otras y mejores bitácoras que la mía), fui y cometí la estupidez de leer el periódico del campus a ver si me inspiraba, y creo que desde entonces se me cortocircuitó la neurona. O quizá fuera alguna noticia en un tablón de anuncios, como esa en la que un grupo de sordos (¿o ahora se dice "auditivamente diferentes"? Me pierdo)... Um, un grupo de sordos, decía (estoy que me voy por las ramas hoy), andaba protestando por un reciente avance médico (implante coclear o algo así, no recuerdo) que permitiría recuperar la audición a algunos de ellos, sobre todo niños. Se oponían al tal avance porque, decían, suponía una amenaza para la cultura de los sordos. O el hecho diferencial de la cultura sorda. O algo así.

Estoy tentada de decir "only in America", pero sería mentira, cosas así y peores pasan en más sitios. La cuestión es que tras leer esto me fui a dar una vuelta, porque aunque el tiempo sigue frío y lluvioso ya hay cierta anticipación bélica de la primavera. Lo de bélica lo digo con toda premeditación, porque hay algo primigenio y rabioso en la primavera. Cuando se dice que "estalla", la metáfora no es al azar. Se advierte un nerviosismo generalizado; desde los moscardones a las plantas, todo está en un estado latente de anticipación lúbrica. Los árboles han perdido la pureza afiligranada del invierno: el entrelazado de ramas contra el cielo gris ha perdido nitidez, deformado por los bultos de las yemas, que en cualquier momento reventarán (otra metáfora pirotécnica y adecuada) en tiernas frondas de hojitas verdes y cobrizas, relucientes como el charol, o en espectaculares flores blancas y moradas de pétalos carnosos, espolvoreadas de polen agresivamente amarillo. Todos, menos un árbol que vi esta mañana, que emitía un curioso chirrido como de aceite hirviendo. Mirándolo, no vi otra cosa que ramas desnudas, abotargadas de yemas, hasta que pasó un coche, y las yemas desplegaron unas alitas redondeadas y echaron a volar entre chirridos histéricos, y el árbol quedó desnudo de nuevo, devuelto al invierno.

19.3.02

Ayer perdí la entrada que iba a poner aquí para aliviar un poco la presión a BlogBack, que creo que se le salen comentarios por las costuras. Y mira que estoy disfrutando todos los comentarios de la entrada anterior, pero el programador siempre dice que Blogback no es un foro de discusión, y tiene razón el hombre. Veré si hoy puedo reconstruir la entrada que perdí, aunque esas cosas nunca salen igual. Quizá mejor, quizá peor, ¿no os encanta el suspense?

14.3.02

Uno para todos...

El otro día pensaba (y anotaba en mi Molesk... er, bueno, ya sabemos todos dónde) en las grandes amistades masculinas de la literatura. Seguramente la más famosa es la de Holmes y Watson. Y también están los Tres Mosqueteros y d'Artagnan, Frodo y Sam, Allan Quatermain y Sir Henry, y seguramente docenas más que se me olvidan. Es agradable ver que siguen apareciendo este tipo de relaciones con la misma energía, riqueza y encanto que antes. El mejor ejemplo es sin duda la preciosa, magnífica, maravillosa, profunda, original, totalmente única amistad entre Stephen Maturin y Jack Aubrey. La imagen del doctor y el capitán interpretando (más o menos) una sonata de Corelli para cello y violín en la cabina de la Surprise mientras cruzan el mar Jónico va a estar conmigo toda la vida; y buena cosa es.

Patrick O'Brian murió: ya no habrá más libros. Pero los que hay admiten muchas, muchas visitas.
OPNIs

Para que conste, hoy he visto el coche rojo (los asientos siguen forrados en falsa piel de cebra), pero ningún objeto patoso naturalmente identidificado, u OPNI en lenguaje técnico. No sé qué se habrá hecho del pajarito en cuestión. Quizá sea mejor no saberlo.
En la variedad está el gusto

Si el Elijah de Mendelssohn te deja emocionalmente agotado, la música contemporánea te deja intelectualmente agotado. Borja es el experto en estos casos, pero el concierto de hoy tenía cosas de Beethoven (la "Grosse Fuge", muy Grosse en verdad), Berg, un francés cuyo nombre no recuerdo ahora mesmo, y nuestro amigo Ligeti. Matamúsicos, todos ellos: qué tortura para los pobres ejecutantes, más bien ejecutados, tener que aprenderse estas piezas tan difíciles. Admito que la que más me ha entretenido ha sido la de Ligeti. Uno pensaría que no, que Beethoven, pero les ha salido un poco rana la fuga, un poco sosa, agresiva, fría. Los pobres no parecía que se estuvieran divirtiendo mucho (el grupo que estrenó este cuarteto de Ligeti en concreto tardó un año en aprendérselo, y no me extraña).

Mendelssohn debía ser un poco el Elton John de la época, con su estilo emotivo y directo, accesible (aunque sostendré hasta la muerte que el inglés es un idioma muy mal dotado para la canción lírica, no hay cristo que entienda nada). Ligeti et al son, um, como Joyce: se pasan tanto rato rompiendo moldes y experimentando que no sé si se están divirtiendo mucho.

Queridos violinistas que me leéis: cuando estáis solos en casa, acariciando las cuerdas perezosamente, una noche melancólica de finales de invierno, y os ponéis a tocar algo, así, por el puro lujo de poder crear música, ¿es Ligeti lo que elegís? ¿O Schomberg? ¿Tarareáis en la ducha alegres compases de Part, o dulces melodías de Terry Riley? ¿Os enamorásteis a los sones de Berg? Borja, tú callao, que tú seguro que sí.

Bueno, en honor a la verdad, admitiré que me lo he pasado bien hoy en el concierto. Pero también admitiré que me lo he pasado mejor en otros. Y creo que ahora voy a poner un CD de algo repleto de acordes mayores, para desengrasar.

13.3.02

Arreglado. Dos puntos, guión, cierra paréntesis.
Parece haber dificultades técnicas con Blogger. No puedo acceder al blog en sí; no sé si la página de edición conseguirá hacer llegar información, pero bueno, por probar que no quede...

11.3.02

Cosas que hay que contar

Enfrente de mi casa hay otra (¡toma ya! ¡Y lo he dicho sin ensayar ni nada! ¡Me ha salido así, espontáneamente! ¡Yupi por mí!). Dentro de esa casa viven criaturas, conocidas por defecto como seres humanos, pero mejor definidas por el término "estudiantes". De vez en cuando, frente a la casa, aparca un cochecito rojo con asientos forrados en falsa piel de cebra (es triste, pero cierto), y de él pueden salir dos tipos diferentes de criatura: o bien una jovencita rubia y espigada, que muchas veces lleva a cuestas una aspiradora industrial (a mí no me pregunten), o bien un jovencito desgarbado de pelo naranja, que suele llevar la cintura de los pantalones a mitad de glúteo (es moda; ya empieza a pasar, gracias sean dadas a todos los panteones divinos). Esta tarde ha coincidido que he visto llegar el coche, y ha salido el jovencito. Seguido de un pato.

Sí, sí: un pato. Una anátida. Muy majo, con la cabeza negra, y el cuerpo color arena y blanco. De inmediato se ha ido todo decidido calle abajo, y el chico se ha lanzado en pos suyo, agitando los brazos de la manera aprobada por todos los manuales de los granjeros para dirigir los pasos de un pato en la dirección deseada. El pato, que estaba dando vueltas, muy ocupado examinando el vecindario (y, es de suponer, renegando por lo bajo del día horrible que hace hoy), no hacía ni caso del chaval, que le indicaba por gestos lo bonita que era la casa y lo bien que se lo iba a pasar. Finalmente, sin duda convencido por la locuacidad del joven, el pato le ha seguido hacia el patio trasero de la casa cual perrito bien educado.

Hay, sin duda, cosas más raras en el mundo que ver a un pato seguir a un chico por una calle lluviosa un lunes por la tarde. Pero en la escala de rareza de Corvallis, esta se gana una buena nota.

Añadido más tarde: Pablo me ha contado un detalle encantador: en Albany, ciudad pequeña a unos 15 kilómetros de aquí, aparte de pasos de cebra, hay pasos de patos, convenientemente señalizados. Y los patos pasan en ordenada fila india, mamá pata y sus patitos, mientras los coches les ceden cortésmente la preferencia. Eso es civilización y lo demás, cuentos.

8.3.02

Elijah

Acabo de volver de una representación de "Elijah", el oratorio de Mendelssohn, a cargo de la orquesta de la OSU, tres de sus coros (168 cantantes, casi ná), y cuatro solistas. Bueno, tres y medio. Aunque no es una de esas piezas que se te quedan en la memoria y que tarareas mientras te imaginas al frente de las tropas escocesas cual William Wallace, es una obra muy bonita (y muy larga) con algunos momentos realmente preciosos. Además, es un poco como un western, con la viuda, el niño, el héore, el populacho, y una deidad que claramente sufre de desorden bipolar. Excepto porque no hay duelo al sol en la calle principal, y todos dicen mucho "thee" y "thou" y "thus sayeth the Lord", ya te digo, es como una del Oeste.

He anotado todo el oratorio, jugada a jugada como quien dice, en mi Mol... bueno, todos sabemos en dónde. Pero tras casi dos horas y media de alabanzas al Señor y piezas corales en canon, ando algo reventada, así que voy a dejarlo para otro ratito. Lo que no puedo dejar de comentar es que lo mejor del oratorio (aparte del excelente barítono que hacía de Elijah, un caballero con toda la pinta de un rey de los Días Antiguos) ha sido el coro. El director, Steven Zielke, sabe sacarle partido a las (excelentes) voces de la universidad: control, delicadeza, matices, potencia, afinación perfecta, buen gusto, coordinación y empaste. Lo ha tenido todo. Farrafilloso.

Me voy a mimir.
Bueno, es oficial: me gusta Björk. Mucho. Es muy rara, y no es una escucha fácil ni directa (quizá sea por eso). Causa de mi decisión: Vespertine.
Sí, pero, ¿por qué azul?

Los cuentos son una de mis pasiones. Desde hace cosa de una década, todo un grupo de escritores ha revisitado el género de los cuentos de hadas con mejor o peor fortuna, al principio sencillamente para ofrecer algo diferente a la versión edulcorada de Walt Disney, y luego despegando con un nuevo tipo de fantasía, a medio camino entre Perrault y Thomas Pynchon. Recuerdo haber leído versiones tempranas de los cuentos de Andersen, Grimm y Perrault, que no tienen nada que envidiar al mejor y más tremendo género de terror gore y psicológico; quizá por eso siempre nos gustaron tanto, no sé.
Jane Yolen es, hoy por hoy, la escritora más firmemente asociada a este tipo de relatos en los que hay princesas, castillos, encantamientos y brujas. Pero tras pasar por los dedos de Yolen, los cuentos adquieren un matiz mucho más adulto y siniestro, con a veces magníficos, y otras veces exasperantes, toques de feminismo. En general sus versiones tienen un descaro muy bienvenido. Otros autores se animan de vez en cuando: uno de los mejores relatos de Neil Gaiman, Snow Glass Apples, es una visión escalofriante, pero es que escalofriante, de Blancanieves.
Pero por mucho que lea, por muchas versiones que aparezcan, por mucho que los enanitos se conviertan en rudos mineros, caravana de monstruos de feria o arquetipos postmodernos, por mucho que me cuenten Caperucita desde el punto de vista del lobo, sigo sin tener ni idea de por qué el Príncipe ha de ser Azul. ¿No vienen en otros colores? ¿O es que las princesas tienen la extraña perversión de preferir amantes cianóticos?

7.3.02

Mutatis mutandi

En la entrada anterior, iba yo toda chula y comentaba el tiempo tan maravilloso que hacía. Un día después, se nublaba y empezaba a llover con ganas: Corvallis for you. Pero bueno, a nadie sorprendió el meteoro goteante, porque ya nos conocemos y nos sabemos aquello de que las nubes vienen, chocan con las montañas, y espolsan toda el agua encima nuestro, salvo cuando hay sequía, horror de los horrores, ¡tres meses sin llover! y blablabla.

Bueno, pues ahora, ooootra vuelta de tuerca. Iba yo esta mañana con mi despiste habitual, me dispongo a salir hacia el lab, abro la puerta, y ¿qué me encuentro?¡Hala, todo nevado, todo! Y cayendo meteoro níveo, pero con ganas: unos copos pequeños, tupidos, parsimoniosos. Esto sí que es raro, hasta para Corvallis, y más en Marzo. Muy raro. Rarísimo. Así que, por esta vez, me voy a permitir una entrada hablando del tiempo. Hela.

4.3.02

Arte

La OSU, universidad universal, cuenta con una pequeña pero activa biomasa de estudiantes de arte. No son tan peligrosos como los de psicología, y bastante menos ubicuos que los encuestadores, pero aun así se hacen de notar. Ahora que llevamos unos días con un tiempo maravilloso, los han soltado por el campo de nuevo y el Quad ha florecido con los productos de los nuevos Chillida, Kristos, Tàpies, y demás ralea. El caso es que, de una u otra manera, es divertido.
El año pasado hubo más cantidad y variedad, eso es cierto. Y como es una cosa que no se anuncia mucho, me ha pillado un poco por sorpresa cuando iba a la oficina de correos. Sobre todo la enorme cruz hecha de bloques de hielo, en el centro exacto del Quad. Otras cosas, como los zapatos rojos atados con hilo y suspendidos por cordeles entre cuatro postecitos, pues bueno, tampoco es que se salgan tanto de la normal (la norma, en este caso, es salirse de la norma, lo cual acaba por aburrir). Había el inevitable jardín zen para el jardinero irresponsable: gravilla rosa y un pedrusco, y un rastrillo para que el viandante creativo genere un espacio de meditación trascendente y paz tántrica, así, como sin darle importancia. Había un a modo de paralelepípedo de tuberías de PVC del que colgaban espesas cortinas de largos flecos plateados, que rutilaban de manera muy entretenida y bonita en la brisa. Un cubo de plexiglás con cosas escritas y espejos en el suelo para jugar con los reflejos e inversiones (ningún palíndromo en los textos, hay que currárselo un poquito más, muchachos y muchachas). Un altarcito de troncos con objetos de uso de las adolescentes, desde rizadores de pelo hasta muñecas, pasando por pintalabios y zapatos de tacón, y el nada sutil toque de unas cadenas.
Y sentado en el césped, un joven de aspecto muy grunge y muy poco dotcom grababa cosas en un radiocassette mientras otro radiocassette recogía grabaciones anteriores y todo se emitía junto, en una especie de cacofonía ininteligible. Nuevamente, poco sutil.
Pero todo era bonito, a su manera, y divertido, a su manera, y la gente jugaba a pasar bajo las cortinas de plata o a rastrillar círculos en el jardín zen. Se lo pasaban bien, y encontraban cosas de las que hablar. Al fin y al cabo, es de lo que se trata.
El remedio infalible para cuando te hartas de la sociedad yanqui es acudir a un foro de opinión de la edición digital de un diario español cualquiera. Así todo se reduce al mínimo común múltiplo, porque de inmediato te hartas también de la sociedad española, y acabas subido en un palo como Simeón el Estilita, leyendo tebeos de Thorgal.
There and back again

Una de las cosas que más me gustaron de "El Señor de los Anillos" (el libro, no la peli), es la manera en que canciones, poemas y leyendas se entretejen con la historia principal, dejándote atisbar el resto del complejísimo mundo creado (subcreado, que le disen) por Tolkien. Todas las sociedades Tolkien del mundo han intentado escuchar esa música que emana del libro, el eco de la creación del mundo (el hecho de que el universo naciera de la música me parece una historia preciosa). Todos nos hemos preguntado con qué cadencias la voz clara de los elfos cantaba Gilthoniel! A Elbereth! y todos, mejor o peor, hemos querido cantar como ellos, romper a cantar en medio de una conversación, sencillamente porque nos apetece.

Y rvr, que se fija mucho y que me ha notado algo alteradilla por el sarpullido fundamentalista que, lenta pero inexorablemente, está rezumando por las costuras de la sociedad estadounidense, me ha alegrado el día dedicándome una canción. Gracias, majo.

3.3.02

Límites

Hace ya tiempo anoté en mi Moleskine una frase de Chesterton a la que vuelvo con frecuencia porque me parece fabulosa:
Art is limitation; the essence of every picture is the frame.

(Dos párrafos de reflexiones absolutamente inanes borrados, porque la frase se sostiene por sí sola y cualquier añadido es tan innecesario como un querubín de yeso en un capitel románico).
De lunes a domingo

La semana, esa extraña invención creo que fenicia, es una invocación continua a los dioses, o a los planetas, según se prefiera. Romanos en nuestro caso, nórdicos en el caso de los ingleses. Nosotros lo tenemos fácil, véase... Lunes, Luna; martes, Marte; miércoles, Mercurio; jueves, Júpiter; viernes, Venus; sábado, Saturno, y Domingo, literalmente, el Señor (no sé qué dios era antes de optar al dios del descanso dominical).

Pero en inglés son Monday, día de la Luna; Tuesday, día de Tyr, el dios de la guerra; Wedndesday, el día de Wotan, u Odín, nuestro querido tramposo tuerto, padre-de-todos, dios de los patíbulos (en American Gods aparece un cierto señor Miércoles, lo cual no es casualidad); Thursday, día de Thor, dios del trueno (y según los tebeos, obrero de la construcción en sus ratos libres, y fatal vestido, por cierto); Friday, día de Freya; Saturday, día de Saturno de nuevo, aquí se mezclaron panteones, o planetas, nunca se sabe (Saturno es un dios misterioso); y Sunday, día del Sol (adecuado, el dios cristiano es una divinidad solar).

Todo esto viene a que la Fox acaba de anunciar un especial del telepredicador Billy Graham y, para desengrasar, me he puesto a recordar otros panteones. Porque me tienen frita, frita, frita, tanto este prójimo con su "Dios te ama, envíame dinero", como el otro ceporro, Ashcroft ("We are a nation called to defend freedom — a freedom that is not the grant of any government or document, but is our endowment from God", con dos cxxxxxs). Y ustedes disculpen el desahogo, pero es que me hacía falta. Podría haber sido peor.

Y yo antes no era así, en serio. Pero este país te somete a mucho desgaste.