27.6.02

Palimpsesto

No supe lo que era un palimpsesto durante mucho tiempo. De hecho, ni siquiera supe que tal palabra existía. Me la encontré por primera vez en una historia de Sherlock Holmes. Por el contexto supuse que sería algún tipo de documento antiguo, pero el diccionario me informó de que era un "manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente". Jopeta. Una palabra tan rara, pensé, tiene que describir algo muy raro.

Pero no. Poco a poco me he ido dando cuenta de que los palimpsestos deben ser, si tomamos la definición con cierta manga ancha, las cosas más comunes del mundo. De hecho, son el mundo. Están en todas partes: en los cortes estratigráficos de las excavaciones, contándonos qué pasó hace millones de años. En las estrellas, cuyas firmas espectrales llevan información sobre su edad y su composición. En las montañas, donde los perfiles redondeados o escarpados son el telón de fondo para todo un tesoro de nuevas y pequeñas historias erosivas. En los árboles, cuya sección es su biografía, y en cuya corteza se leen los jeroglíficos de insectos perforadores, a su vez puntuados por los tajos del pico de los agateadores o los picos. En las ciudades, donde las fachadas llevan escrita su historia en forma de pisos añadidos, balcones acristalados, ventanas afeadas por aparatos de aire acondicionado instalados más tarde.

Nosotros mismos somos palimpsestos: las arrugas van añadiendo información a un rostro sin acabar de borrar nunca del todo la antigua. Nuestro esqueleto es un palimpsesto magnífico, donde cada lesión y cada fractura, cada etapa del crecimiento, cada estrago de la edad, quedan plasmadas con delicadeza en la superficie porosa y marfileña de los huesos. Ahí abajo está la historia de Joseph Merrick, a guisa de ejemplo extremo. Basta con ver cuánta información puede extraer un antropólogo forense a partir de cualquier esquirlita de hueso o trozo de cráneo: llevamos dentro la verdad sobre nosotros mismos.

Y luego está ese otro palimpsesto, el más asombroso, el más intrincado, el más maravilloso de todos. El genoma. En él se advierten trazas de miles de millones de años de evolución, todavía en activo. Hay áreas ancestrales, escritas cuando el mundo era joven y nosotros no éramos ni siquiera nosotros, sino algún otro animal que con el tiempo se convertiría en nosotros. Y llevamos dentro esas palabras antiguas y vitales. El genoma cambia, se altera, pierde o gana información, se recombina y se duplica, y las copias se diferencian entre sí o quedan arrinconadas por las corrientes evolutivas, varadas en algún recoveco cromosómico, y allí se pudren, se desmigajan, y se unen a los demás mensajes perdidos, o quizá mensajes futuros, que llevamos en cada célula.

Y en este mar de palabras perdidas, de palabras antiguas, de palabras inexistentes, de repeticiones insensatas y de galimatías indescifrables, aparece, muy de vez en cuando, como una islita verde en un archipiélago perdido, un fragmento inteligible, útil. Un gen. Estas islas comprensibles forman menos del veinte por ciento del palimpsesto genómico, pero todas ellas juntas forman la receta completa de un ser vivo: una bacteria, una vaca, un escarabajo, un algarrobo, un tiburón, una supermodelo. El resto es el mayor misterio al que nos hemos enfrentado hasta ahora. No exagero. Es el mayor y más maravilloso misterio de todos los tiempos; y lo maravilloso que tiene es que, con el tiempo, dejará de ser un misterio.

Tiene gracia la cosa: somos los únicos palimpsestos que se van a descifrar a sí mismos.

26.6.02

Como quien no quiere la cosa...

Je. Jejejeje. Jeee jeje jejejeje jijijiiiijjijijajajajajajajaja, apuesto a que ya estábais pensando que esto se había quedado más deshabitado que la Luna, ¿eh? Ay, cómo os he engañadooooo... Jui juijuijuijuijui.

Si es que me parto yo sola.

Ains.

No, señoras y señores: esto sigue. Puede que tropiece, pero no se va a parar.
Joseph Merrick

Que no John. Joseph Merrick, más conocido por el Hombre Elefante. Su historia fue contada con terrible ternura por David Lynch, y la imagen de John Hurt, irreconocible bajo el maquillaje extraordinariamente parecido al original, nos ha conmovido a casi todos.

Esqueleto de Joseph MerrickDavid Lynch lo tuvo fácil, porque no tuvo que inventar gran cosa; Joseph Merrick era un hombre de espíritu delicado e imaginativo, con una gran imaginación y enormes dosis de buen humor y gentileza que fueron aparentes para todo el que tuviera la paciencia necesaria para esforzarse en entender sus casi ininteligibles balbuceos. En los pocos escritos que dejó en sus veintipocos años de vida se puede ver el tipo de persona que era. Su carácter contrastaba con su aspecto de la misma manera que su delicada mano izquierda, perfectamente formada, contrastaba con la garra deforme en que la enfermedad había convertido su mano derecha.

Tras su muerte, y como suele pasar en estos casos, se sacó un molde de su cuerpo, se le extrajo el cerebro por una pequeña abertura rectangular en el cráneo, y su esqueleto fue montado cuidadosamente y está aún hoy expuesto en el museo del Royal London College of Medicine. Ahí lo tienen, en la foto: el Hombre Elefante, a quien Alan Moore, en su impresionante From Hell, quiso atribuir una conexión divina con Ganesha. Moore, cuyas historias han revolucionado completamente el mundo del cómic, no andaba desencaminado del todo, y si no sabía las últimas novedades respecto a Merrick cuando escribió From Hell creo que ahora, al saberlas, apreciaría muchísimo la ironía.

Durante mucho tiempo se pensó que Joseph Merrick sufría de elefantiasis: de ahí su apodo. Más tarde se le diagnosticó un caso extremo de neurofibromatosis. Pero el último diagnóstico se inclina por una enfermedad genética extraordinariamente rara, llamada Síndrome de Proteo.

Proteo era un dios griego del mar, pastor de los rebaños de focas de Poseidón. Como todas las deidades marítimas, tenía el don de la profecía, y era capaz de cambiar de forma.

El cuerpo de Joseph Merrick se apartó con los años de la forma humana y se convirtió en una gárgola extraña, objeto de espanto y repulsión. Una barrera física que había que superar, como una prueba de fuego, para llegar a conocer a la persona dulce y paciente que esperaba tras los tumores óseos y las deformaciones cutáneas. Estoy segura de que a Merrick le hubiera gustado saber que acabarían dándole, aunque fuera en un diagnóstico, los atributos de un dios.
Under who?

No sé lo que hará el resto del mundo, pero la noticia aquí en USA es que la jura de bandera esa que recitan los niños en las escuelas ha sido declarada inconstitucional. En concreto, la parte esa en la que se dice "One nation under God", porque diz que vulnera la separación iglesia-estado. Bueeeno, les ha costado cuarenta y ocho añitos de nada darse cuenta, desde que lo de "under God" se coló de rondón en plena resaca de la era McCarthy (que antes no estaba). Digo yo que si ya de paso no podrían dejar tranquilitos a los niños y no hacerles jurar bandera cada mañana, que la cosa, al menos desde donde yo estoy, da bastante repelús.

Y es que aquí les gusta discutir casi tanto como ahí. El querido Jerry Falwell va a reventarse una vena como no ande con cuidado, si sigue pegando alaridos sobre el complot para destruir América (buuuuh, mieeedooo). Senadores de todos los colores y en diversos estados de senectud reaccionan airados amenazando con poco menos que la ira divina si se eliminan las cruciales palabras "under God" de la jura de bandera esta. Otros reaccionan con alivio y con un "ya era hora". Los demás miramos y nos pasamos el cuenco de cortezas de maíz. Pero esto va a traer cola, ya voy avisando (dijo ella mientras miraba su bola de cristal y aventaba el braserillo donde ardían unos palitos de sándalo).

Como dije hace tiempo, y repito porque sigue vigente... Todas estas cosas me hacen pensar que, cuando Alicia cruzó el espejo, lo que en realidad cruzó fue el charco.

18.6.02

El charco

Las nubes lo espolvorean todo de una luz blanquecina, y el aire parece salir filtrado a través de una servilleta caliente. No llueve, pero la lluvia nunca está lejos: está suspendida en la brisa, embebida en los troncos de los árboles, rezuma (piazo palabra) por los intersticios de las aceras y se agolpa en los cálices de las flores.

Hoy no hay mundo.

Hoy no hay huelga, no hay inflación, no hay paro, no hay programas de debate en la tele, no hay hipotecas, no hay Mundial, no hay Rosa, no hay Bush, no hay sillas de diseño, no hay facturas, no hay tazas de capuccino con chocolate en polvo por encima, no hay recopilaciones de música country, no hay sistema solar ni nebulosa de Orión, no hay genes ni memes, no hay creacionistas, no hay números Fibonacci, no hay nada.

Sólo estamos el charco y yo.

El charco es grande, profundo, de contornos irregulares que recuerdan a una enorme sonrisa contrahecha, como de trasgo. La boca del trasgo está llena de agua parda y charolada, con rimeritos de burbujas en una comisura y una nube de copos de residuo negro que tanto puede ser tierra como hollín. Una rebaba de limo marrón claro rodea los contornos y se espesa en uno de los extremos. Es imposible saber hasta dónde me hundiré si meto el zapato en el centro exacto de la sonrisa maligna de trasgo, pero no puedo rodearlo: de un lado está la carretera y del otro una pared.

Podría cruzar la carretera y seguir por la otra acera, pero esa sonrisa feérica me provoca y me engalla. Tengo ganas de romper los dientes que no veo bajo la superficie brillante y moteada del agua sucia. Quizá el trasgo cierre la boca y se me lleve el pie, pero no soporto que criaturas de leyenda se me carcajeen impunemente en mitad de una calle de Corvallis. Hasta ahí podríamos llegar.

Debo llevar lo menos quince segundos con el pie en alto, dispuesto a asestar un buen pisotón hasta hundir la úvula en la garganta del trasgo. Supongo que si aguien me está mirando deben estar llamando al 911. Pero estas decisiones no se deben tomar a la ligera. ¿Piso o no piso? La sonrisa del trasgo se ensacha y se hace más malévola: me está provocando. Con su boca marrón y sonriente en la que nadan patas de insectos ahogados, me está provocando.

Se va a quedar con las ganas. He encontrado un trozo de bovedilla de cemento un poco más atrás, y lo estampo en mitad de la boca sonriente, salpicando de aquí a Cafarnaúm. O el charco no era tan profundo, o el cemento flota. Pero ahora sólo tengo que saltar grácilmente sobre ella y dejo atrás el charco. Vuelvo la cabeza para saborear mi victoria. La sonrisa se ha convertido en una mueca de disgusto, un rictus de amargura como el de las caretas de las tragedias griegas. El trozo de cemento sobresale del agua marrón como un único diente gris salpicado de lodo.

El mundo vuelve.

17.6.02

Uno y uno, dos

Estamos en Junio. Ayer el sol brillaba todo orondo y amarillo y calentito, y una pensaba, en su inocencia, que la cosa iba a seguir así. Pero no. Gaitas. Tararí de la alberca y del verde limón. Hoy de pronto hemos vuelto, si no al invierno, al menos al tipo de primavera empapada y morosa que se disfruta en lugares tan llenos de joie de vivre como las Islas Británicas.

Es bonito, a su manera, cuando te acostumbras al brusco contraste y a los salpicones cuando pisas un charco que no estaba ahí diez minutos antes. Le da al campus, que se ha quedado sin alumnos, un aire de esos melancólicos donde queda bien poner a algún poeta romántico del diecinueve, preferiblemente tísico y con melenas, muy en plan anime.

Pero como el meteoro es cosa a la que se recurre cuando no se sabe a qué recurrir con el blog, y para disimular un poco, hablemos de blogs. Fijaos qué curioso: dando un garbeo cortito por uno de estos barrios virtuales, nos encontramos el fin del universo, el fin de la asignatura de Astronomía, las raíces del baniano, y algunas cosas sueltas sobre las que es mejor reflexionar con sosiego y un buen copazo a mano (para los que beban, y para los que no, un té Oolong). Y yo mirando.

En una lista de correo ahora mismo ha irrumpido un pirado hablando del Apocalipsis y de cómo él personalmente se va a cargar a todos los pecadores (no es broma, se lo cree, el pobre), mientras en otra se está desmenuzando con mimo la serie de Fibonacci y la proporción áurea, sobre la que se puede saber mucho más aquí (no es que sea un hacha encontrando estas cosas, que sí lo soy, pero más que nada porque sé que desde aquí se llega a casi cualquier recurso matemático que se pueda imaginar. Despistaos. Que tenéis el enlace ahí a la izquierda y creéis que es de adorno).

La última estrofa de una curiosa canción japonesa es otra interesante sucesión de guarismos (toma sha), aunque no es que sea una adivinanza. A no ser que no mires el título. O te confundas de canción. Siempre se agradecen estos detallitos donde se mezclan cosas "de ciencias" con cosas "de letras". Y cuando tenga uno de esos días bordes, recordadme que despotrique un poco contra tan cretina distinción. Bueno, un poco no.

Uno, uno, dos, tres, cinco, ocho, trece, veintiuno, treinta y cuatro, cincuenta y cinco, ochenta y nueve, ciento cuarenta y cuatro, doscientos treinta y tres, trescientos setenta y siete, seiscientos diez, novecientos ochenta y siete, mil quinientos noventa y siete... y me paro en un primo.

14.6.02

¡Extra, extra!

Esto de la ciencia es maravilloso. O sea, un puntazo. Lo que yo te diga. De vez en cuando te enteras de unos descubrimientos que anda y déjalos ir. Jo, qué cosas se aprenden. De verdad que me abruman.

Sin ir más lejos, hoy en El País: un grupo de investigadores ha descubierto, oh cielos, no quepo en mí del asombro, que la selectividad te pone malo porque produce stressssss. Ay madre. Y yo con estos pelos. De verdad que me da un pasmo. Dos pasmos.

Bueno, vale, seamos justos: lo que ha hecho este estudio es aportar evidencias de que el stress asociado al examen de selectivo disminuye la respuesta inmune y hace que los pobres estudiantes sean más susceptibles a males varios, desde dolor de tripa y de cabeza a herpes labial. No será precisamente un nuevo paradigma, pero siempre viene bien tener más datos al respecto. No veo que haya un control negativo en el estudio, pero como no tengo el artículo original, sino sólo la nota aparecida en El País, asumiré que el estudio es correcto y no me quejaré. Mucho.

Pero, eso sí, tomen nota de la frase que cierra el artículo: "Ahora los estudiantes tienen un apoyo científica [sic] para oponerse a la discutida prueba de la selectividad". Hale, con un par. Como si este estudio fuera para eso. Y sobre todo como si les hiciera falta un "apoyo científica". Ya sé, ya sé: era una broma. No me ha hecho gracia. Paciencia.

Esto me recuerda a cuando unos sociólogos estadounidenses inventaron el pueblo. Ays. Tantas preguntas, tan pocas becas...

12.6.02

Va de bombas

Escarabajo bombarderoMiren qué bichito más majo. Es un ejemplar del género Brachinus, que no es un personaje de un tebeo de Astérix, sino un miembro de la muy honorable familia de los escarabajos bombarderos. Por una vez, los biólogos han clavado el nombre: este animalillo tiene un mecanismo de defensa muy particular. Aunque según la especie el mecanismo varía, la versión más espectacular consiste en un chorro de una sustancia irritante, expelida a enorme velocidad y a temperatura de 100 ºC sin exagerar. Además la creatura puede apuntar la manguera con bastante facilidad, así que no quisiera ser yo quien recibiera en un ojo el jeringazo de benzoquinonas hirvientes, thank you very much.

Hasta aquí suelen llegar los libros de texto básicos y los documentales de la 2; todos nos emocionamos con el ingenioso mecanismo del escarabajo bombardero y luego nos ponemos a ver otro documental sobre la vida secreta del oso hormiguero. ¿Y a nadie le pica la curiosidad de saber cómo hace el escarabajo bombardero para cocinar semejante cóctel sin quemarse? A mí sí.

Las quinonas son sustancias usadas en el metabolismo de los escarabajos; están implicadas en la formación de la quitina, esa sustancia dura que recubre el cuerpo de los insectos. Vale, de casi todos los insectos. No es obligatorio usar todas las quinonas producidas en la quitina. Algunas pueden quedar sin usar. Esto viene bien, porque las quinonas saben a rayos: un escarabajo que mantenga una pequeña cantidad de quinonas en su cubierta tiene ventaja, porque un depredador va a decir "aj, puaf, asco, caca", y aquí paz y después gloria. La evolución trabaja con lo que tiene a mano: si son quinonas, bienvenidas sean las quinonas. De aquí al escarabajo bombardero la ruta evolutiva no es corta, pero es bastante sencilla de imaginar. Veamos el producto final:

El arsenal de este bicho consiste en un reservorio interno en el que desembocan células secretoras que producen, por un lado, hidroquinonas, y por otro, peróxido de hidrógeno (agua oxigenada vulgaris, pa entendernos). Cuando estas dos sustancias se mezclan en el reservorio... no pasa nada. Pero ojo: este reservorio desemboca en una cámara especial tapizada de células que secretan unos tipos de enzimas llamados catalasas y peroxidasas. Estos enzimas actúan sobre el peróxido de hidrógeno, y lo descomponen, muy rápidamente, en agua y oxígeno.

Aquí es donde entra la química básica: cuando el contenido de peróxido e hidroquinonas del reservorio pasa por la cámara, las catalasas y peroxidasas encuentran abundante material para trabajar, y pasan dos cosas: el peróxido se descompone, y las hidroquinasas son rápidamente oxidadas en unos productos de reacción que son, precisamente, las benzoquinonas, esa sustancia irritante de la que hablábamos antes. El oxígeno producto de la reacción genera suficiente calor como para llevar la mezcla a ebullición, así que parte de ella, cosa de un quinto, se vaporiza.

Y aquí es donde entra la física básica (jo, es que hay que saber de todo): la presión generada por el gas cierra la válvula que conecta la cámara de reacción con el resto del escarabajo, y la única salida que le queda a la mezcla hirviente son unas aberturas en el extremo del abdomen del escarabajo. Así que por ahí sale. Voilà el bombardeo.

A mí me chifla este proceso: los detalles se han descubierto hace muy poco, y es apabullante ver cómo la evolución inventó, por así decir, el cohete a reacción antes que nosotros. Vale que el escarabajo no sale volando, pero los cohetes a reacción también aprovechan el peróxido de hidrógeno como combustible.

La pena es que el escarabajo bombardero tiene el dudoso honor de haberse convertido en el penúltimo abanderado de los creacionistas, que son esos cretinos que, como no se molestan en aprender cómo funcionan las cosas, deciden que las ha hecho Dios y que hay que enseñar el Génesis en las clases de ciencia de las escuelas. Costó cosa de diez minutos desmontarles el argumento del escarabajo bombardero (y servidora se lo hubiera ilustrado con un buen chorro de benzoquinonas en ebullición en la nariz, a guisa de ejemplo práctico), pero no haya pánico: volverán, tras haberse pasado unos meses buscando un ejemplo de algo que hoy por hoy todavía no sepamos bien cómo funciona, y lo blandirán triunfantes por todas partes, mostrándose orgullosos de usar a su Dios como un posavasos para la ignorancia y enfureciéndonos a los que todavía nos preocupamos por enseñar, y aprender, las herramientas básicas del pensamiento crítico.

(Gracias a Ciencia 15, cuya entrada sobre las polillas me recordó mi vieja historia de amor con el escarabajo bombardero y me animó a escribir esta entrada)

9.6.02

Viñeta

La tarde de final de verano era perfecta, de esas que parece que van a eternizarse en la luz lenta y dorada, cubriendo el paisaje de una sutil costra ambarina. Silvia paseaba por el camino de sedoso polvo amarillo, respirando con placer el aire que olía a tomillo y aulaga recalentados. A su derecha, una ribera empinada bajaba hasta el río, a esas alturas del año fluyendo bajo y desganado entre cañas y matas de hierbas secas encastradas en barro claro. A su izquierda, los bancales construídos con piedras y trozos de ladrillo definían las pequeñas huertas de las afueras del pueblo. Los caquis, redondos y brillantes, de un naranja oscuro imposible, combaban las ramas peladas de los árboles. El olor a fruta pudriéndose en el suelo se mezclaba con los aromas de las hierbas de monte. El efecto era tranquilizador: olor a niñez eterna.

Un poco más adelante, la orilla del río se ensanchaba para acomodar una larga serie de huertecillos minúsculos, delimitados por astrosas cercas de tablas o cartones. Al final de la larga y estrecha tira de tierra fértil, un hombre se encorvaba sobre unos surcos de lechugas jóvenes, escardando malas hierbas con una pequeña azada.

—¡Hilario! —llamó Silvia. Un gesto de saludo con la mano, una sonrisa. El hombre miró hacia arriba, parpadeó, se irguió apoyándose en la azada. Silvia se detuvo al borde del camino.

Hubo un intercambio amable de preguntas por la familia, un par de comentarios sobre el tiempo tan bueno que estaban teniendo.

—Baja —dijo Hilario—, tengo albaricoques, muy buenos.

Silvia bajó por el empinado senderillo que cortaba la ribera como una vena clara en carne verde. Hilario estaba llenando de albaricoques una bolsa de plástico, agujereada y manchada de tierra. Una vez llena hasta casi la mitad con la fruta rosada y amarilla, puso la bolsa bajo el grueso chorro de la fuente que manaba a través de media caña hincada profundamente en la ribera. El agua llenó la bolsa, escapó por los agujeros, arrastró tierra y olor a fruta hasta la pequeña poza que latía bajo el caño.

—Son muy dulces —dijo Hilario, con cierta fanfarronería satisfecha, como si él personalmente hubiera ajustado el dulzor de la pulpa de cada fruta. Tomó un albaricoque y se lo ofreció a Silvia.

—Prueba, verás qué dulces.

Silvia tomó la fruta, la apoyó un instante contra sus labios para sentir el frescor del agua que se adhería en gotitas plateadas a la piel sedosa; luego mordió, y el jugo le llenó la boca junto a la textura tierna y firme a la vez de la pulpa, dulce y sabrosa, el sabor agradablemente enfatizado por la levísima acidez de la piel fina. El hueso cayó entero contra su lengua, seco y suave. Nada le había sabido nunca tan bien, y Silvia se dejó llevar por la perfección inacabable del momento, el sabor del albaricoque en su boca, en su nariz, el murmullo fractal de la fuente, los susurros del seto de detrás de la huerta, lleno de chasquidos y silbidos de pájaros e insectos, la cálida dulzura del sol en su espalda, el aire húmedo y fresco de la fuente en la piel de su cara, el aroma amalgamante y auténtico de la hierba y la tierra mojada.

Un momento perfecto, congelado en el tiempo.
Onomatopeyas

Me ha dado la risa floja hace un momento... Tenía la tele puesta y estaban pasando una película de Clint Eastwood. Una que ya había visto. La cosa es que estaba la imagen sin voz, sólo con los subtítulos, porque estaba escuchando música, y de repente va y miro y había una escena con muchos tiros y caballos pegándose unos batacazos tremendos. Y los caballos, en los subtítulos, decían "Neigh! Neigh!", o sea, "¡Relincho! ¡Relincho!". Se ve que quienes escribieron los subtítulos no conocían la convención de poner descripciones de sonidos entre corchetes, y dieron a los caballos un papel hablado en la película. Casi casi como Calígula.
Pequeñas amarguras que no lo son tanto

El pensamiento crítico tiene sus sinsabores. En mi preadolescencia me fascinó la historia de la Sábana de Turín, al leer un libro de J. J. Benítez sobre el tema. La historia era bonita y evocadora, y mezclaba de una manera atractiva la magia y lo fantástico con los últimos avances de ciencia. Era, en una palabra, emocionante.

Luego leí más cosas, me detuve a pensar un poco más detenidamente sobre todo el asunto, seguí leyendo otras cosas, y finalmente tuve que dejar el mito en un rincón y apuntarme al carro de los hechos. Aunque la historia de lo que de verdad ocurrió no es menos evocadora, y desde luego es mucho más sensata, siempre reconcome un poco dejar de lado un buen cuento. Pero lo dejé. Aprendí a aplicar la navaja de Occam, y cambié de opinión. Y tampoco pasó nada terrible. Al contrario: lo considero una buena cosa.

Menciono esto porque otro día me estuve releyendo "Voodoo Science" de Robert Park. En España está traducido como "Ciencia o Vudú". Es un libro estupendo, ameno e informativo, y muy, muy interesante. Park no se anda con chiquitas y dice las cosas como son. Y una de las cosas que dice me sonaba totalmente a contrapié: el programa espacial tripulado. Poner a gente en Marte, o en órbita. Park lo considera una pérdida de tiempo. Dice que todo lo que hemos aprendido de la exploración espacial, todos los avances obtenidos, todo el conocimiento acumulado, ha venido sobre todo gracias a misiones no tripuladas, a sondas robóticas, a los satélites exploradores que hemos enviado, y no a las misiones tripuladas a la Luna ni a los experimentos realizados a bordo de la Estación Espacial Internacional. Para Park, que en ningún momento ningunea la hazaña del Proyecto Apolo (muy al contrario), el sueño de llevar al hombre al espacio es bonito y romántico, pero en absoluto práctico en lo que al avance del conocimiento se refiere.

Que me digan esto, para qué nos vamos a engañar, me da mucha rabia. Pero he tenido que reconocer al final, después de comparar todos los datos aportados por las sondas robóticas y los satélites (y la falta de datos provenientes de la ISS) que Park lleva razón.
Cámara oscura

rvr ha descubierto un trocito inexplorado de su isla. Se lamentaba, en esa entrada, de no haber llevado la cámara de fotos. Y yo le comenté que mejor sin cámara.

Gran invento, la cámara de fotos. Permite levantar testimonio, aportar pruebas, crear un ancla para los recuerdos. Adminículo indispensable del turista. Bueno, de algunos turistas. El problema es que se da por supuesto que hay que llevarla, se considera que sin ella no hay vacaciones. Y a algunos de nosotros, nos tiraniza.

Me costó darme cuenta, porque ya ni nos lo planteamos, lo de llevar la cámara. Para la mayoría de la gente es una ventaja, un instrumento útil. Para mí, no. Me di cuenta, ya hace bastante tiempo, de que la cámara me estrechaba el viaje. Me obligaba a mirarlo todo a través del objetivo, a considerar cada cosa que veía como digna o no de una foto, y el viaje se convertía en un tablero de ajedrez, en un mundo maniqueo, en el blanco o negro, hago foto o no hago foto, ponte ahora tú, mejor desde esa esquina, que se ve mejor la iglesia. Toda la catarata de sensaciones pasaba por el embudo apresurado del objetivo y pasaba sin dejar huella, porque una vez hecha la foto, la mente consideraba que ya habías asimilado el lugar, la atmósfera, la gente, el olor, y te obligaba a seguir en busca del siguiente cromito. Todo hecho aún más fácil por señales tipo "lugar pintoresco". Y yo me perdía.

Dejé de llevar cámara a mis viajes. Elegí llevar un cuaderno, y fue una liberación. De golpe estaba en situación de gozar los sitios, de toquetearlos, olerlos, gustarlos, escucharlos. Empecé, eso sí, a necesitar más tiempo en cada sitio, porque se necesita mucho más tiempo para este tipo de turismo que para el visual. Pero gracias a haber hecho esto pasé una hora indescriptiblemente feliz en Stonehenge, mientras mis compañeros de viaje daban vueltas un tanto alocadas al círculo de piedras para hacer fotos desde todos los puntos cardinales, y una vez hechas, se quedaban de pie, los brazos a los costados, boqueando, como muñecos sin pilas, sin saber qué más hacer allí. Y yo, sentada en la hierba húmeda, me dejaba llevar por el sitio y todo me sabía a poco.

Algunos de mis amigos se quejan cuando voy de viaje y no traigo fotos. Otros me lo agradecen profusamente.

¿Que si tengo cámara? Sí. Pero la uso poco. Para viajes, casi nunca la llevo. Para viajes, mejor sin cámara.

8.6.02

Y ya ha terminado el meteoro. El tiempo en Corvallis es así, te da una muestra de cada posibilidad en una hora.
Y ahora mismo está cayendo una granizada increíble, perdigones de hielo en diagonal. El aire parece de leche.
Porque sí

Llueve. Me he pasado la noche soñando que formaba parte de la primera expedición tripulada a Ganimedes. Como era un sueño, Ganimedes estaba lleno de torrentes de ríos secos, hierbas, y conejos. Recuerdo que recogía las semillas de una planta de cosa de un metro de alto con flores amarillas en espiga. Las semillas medían poco más de un milímetro cada una, y eran como pequeñísimas nueces. Las metíamos en tarros de mermelada que embalábamos en cajas de cartón. Todo muy tecnología punta, ya me entienden. Al regreso había un banquete de bienvenida en un hotel. Con cava del barato.

A mí no me pregunten, es cosa del cerebro y lo que hace cuando dormimos. Mi amigo Pablo está hasta arriba de estos sueños raros, así que pensé que por una vez podría fastidiar a más gente.

Ahora llueve más. Huele un poco a madera mojada y otro poco a minerales. Y ahora ha dejado de llover.

7.6.02

Comparando

¿Alguien se anima a enumerar en qué se parecen esas dos maravillas de la animación, "La princesa Mononoke" y "Final Fantasy"?
Mentiras

Ahora que vamos despacio
Ahora que vamos despacio
Vamos a contar mentiras, tralará
Vamos a contar mentiras, tralará
Vamos a contar mentiras


Por el mar corren las liebres
Por el mar corren las liebres
Por el monte las sardinas, tralará
Por el monte las sardinas, tralará
Por el monte las sardinas
Va bola

Bueeeno, ya se le pasó el resfriado a Blogalia (hace una era geológica lo menos, contando el tiempo como se cuenta en Internet, donde un día es un año), y yo, mientras tanto, calladita en un rincón. Ya he recibido dos sopapos virtuales de amables lectores que reclaman su dosis, o al menos un cambio en el patrón de electrones que golpea sus pantallas cuando aparecen por estos pagos. El problema es el exceso de ideas. Sí señores y señoras, han leído bien, exceso. Porque tengo la Moleskine llena de notas tomadas a vuelapluma al pasar por mi querido Quad, fuente continua de sorpresas y reflexiones. Y es un lío. ¿Os cuento lo de la V gigante de papel de aluminio rematada por dos enormes esferoides del mismo material que ocupaba toda una sección de césped un día etiquetado como de "arte en el Quad"? ¿O mejor os describo el cuadro interactivo que apareció cuando algunos estudiantes vagos pero avispados dejaron un lienzo en blanco y botes de pintura de bellos colores al lado, con el cartel de "Please dribble", o sea, "Por favor, chorreen"? El resultado no tenía nada que envidiar a los mejores Pollock.

Quizá pueda describir las bellezas de Lansing, Michigan, ciudad que no visité adrede; preferí quedarme en el hotel, porque en el trayecto desde el aeropuerto pregunté al conductor, ingenua de mí, qué se podía hacer en Lansing. Por aquello del turismo cultural, y porque lo que veía de la ciudad era tan singularmente poco apetecible que quise obtener información de un experto. Ya me entienden. Y claro, cuando el experto me empezó a recitar una lista de las franquicias de restaurantes de comida rápida a los que podía ir para obtener solaz y condumio en un práctico paquete de cartón, decidí que no, que mejor no dedicaba esfuerzo a Lansing. Porque lo que veía a través de las ventanillas de la minivan eran suburbios bastante poco atractivos, tres chimeneas industriales, un edificio blanco con cúpula a lo lejos, y una fábrica de ladrillo con cristales verdes que llevaba el curioso, y casi poético, nombre de "Board of Light and Water".

A cambio, y durante las tres horas de espera durante el transbordo en el viaje de vuelta, estuve observando a la gente, lo cual es mucho más divertido que observar el aeropuerto de Chicago O´Hare, con una excepción: la increíble, impresionante, magnífica reproducción a tamaño natural de un esqueleto de braquiosauro. Servidora y la minivan hubiéramos cabido cómodamente en su caja torácica, y nos hubiera sobrado espacio para una mesita con refrescos. Menudo bicho.

1.6.02

Premio de investigación

[La Biblioteca de Babel sigue publicando aquellos comentarios, correos o palomas mensajeras que los usuarios de Blogalia quieran poner en sus bitácoras sin más dilación pero no pueden hacerlo por estar Blogalia de breves vacaciones de fin de semana. Lo que haga falta, oigan.]

Vendell se pregunta:

"¿Cómo contar en un comentario que hoy le han dado un premio a un rapaz por una investigación titulada ¿Por qué non se estropea o pan bendito da na festa do Padre Eterno de Quintela de Humoso de Viana do Bolo?

Sí, sí, mientras echan la sonrisa vayan pensando en las tradiciones que les tocan de cerca."

Y claro, yo me quedo toda intrigada y pido más información, si la hubiere. Y además quiero leer esa investigación, no tenía ni idea de que ese tal pan bendito no se estropease.
Cielos vainilla

[La Biblioteca de Babel publicará, en estricto orden de llegada, aquellos comentarios enviados por no poder escribir a Blogalia. De nada. La cajita de la izquierda, sí, esa, gracias. Mejor billetes.]

Son los cielos que Miguel Esquirol no pudo poner en su bitácora. Estos: "[...] Un día de cielos vainilla (con un poco más de tonos rojos) café con caramelo y charlas sobre el mar. La verdad uno de esos días cursis que todos quisieramos tener más."

Pues sí, la verdad: nunca sobran.
Pasen y vean

Esto es lo que se dice en Internet sobre la exposición de Adela Calatayud. Lean, lean.