26.8.02

Por una comparanza

No pensaba escribir este tipo de entradas, comparando los dos mundos que he pisado, pero supongo que, aunque ramplonas, son inevitables. Se queda una mirando cosas que conoce de toda la vida e inmediatamente le salta un grupito neuronal que le dice "Pues en Corvallis..." Las cosas en las que antes no me fijaba cobran ahora una relevancia inusitada y resultan novedosas, no por serlo, sino por el sobresalto que supone reparar en ellas, como un pez que de pronto se dice "¡Leñe, si resulta que esto es agua!"

El olor de Valencia, ese olor blando y tibio a agua de río, vegetación podrida y niebla lastrada por humo de escape, me recibió nada más bajar del tren, y fue el primer sobresalto, y el momento en que la vocecita empezó, toda sibilina, "Pues en Corvallis el aire no huele a nada, es limpio y como de cristal". Luego llegó una avalancha sensorial de gente, socavones, fachadas como pasteles de boda o como escenarios de Fellini, estaciones de metro rutilantes, monumentos limpitos que muestran piedra color miel donde antes había sombras de hollín, parques nuevos, parques viejos, pedestales cubiertos de grafitti, farolas por todas partes, y siempre presente, el olor de Valencia, a alcantarilla y pan recién hecho, a humanidad y tronco de palmera, a plastas de perro (muchas, caray, la población canina de aquí anda algo suelta o los dueños son bastante poco cívicos), el olor seco y repitiliano de las palomas, el olor a verduras frescas del mercado, los olores mezclados a pescado, café, y plato del día.

Y los sonidos: gente, radios sonando a todo volumen desde las ventanas, gritos de balcón a balcón, motos pasando, coches, más coches, el retemblar de las pocas persianas metálicas que no están bajadas a cal y canto este mes comatoso de Agosto. Las conversaciones cotidianas y fascinantes de las abuelas que van juntas a hacer la compra, seguidas por el runrún de los viejos carritos de la compra que arrastran. Los niños (¡hay niños! En Corvallis están todos bien guardados y los que ya andan solos sólo aparecen cuando van o vuelven del cole), chillando con la voz penetrante que sólo poseen los niños y algunas banshees. El ruido lejano de los escombros al caer en alguna obra, puntuados por las voces de los obreros, "¡Tiraaaaaaa!". Los nuevos acentos del barrio, que ha adquirido un sarampión extraño de locutorios telefónicos y puntos de envío de dinero, a la par que unos acordes ecuatorianos a la cacofonía de voces (en Corvallis hay muchos más colores, muchísimos más acentos, y ni un solo locutorio telefónico). No hay paz, ni tranquilidad, ni oscuridad. En Corvallis, de noche, está oscuro. Aquí las farolas de luz de sodio tiñen de un continuo naranja la tibia bruma nocturna y son escenario para las cacerías de las salamanquesas.

Pero anoche, cruzando la Gran Vía, el ruido del tráfico no podía ahogar el sonido limpio, líquido y vibrante de un grillo que iba de serenata. Y en Corvallis, con su silencio y su aire puro y sus árboles majestuosos, no hay grillos.

20.8.02

Las Cuatro Estaciones

Con esto de que la Tierra gira así medio recostada, los que tenemos estaciones tenemos de paso una oportunidad para quejarnos de las condiciones climatológicas de aquella en la que estemos (muchos se quejan de la climatología a secas, confundiendo el clima con la ciencia que lo estudia, pero claro, están en el mundo porque tiene que haber de todo). En verano nos quejamos porque hace demasiado calor o no el suficiente, en invierno por el frío o la falta de él, en primavera o en otoño por las alergias, o porque llueve, o porque no llueve, o porque no hay vacaciones, o porque las hay. Lo que nos gusta es quejarnos, faltaría más. La hizo buena Vivaldi con ese top hit que compuso, el de Las Cuatro Estaciones, donde todas son una pocholada de bonitas; la primavera es delicada y tierna, el invierno es majestuoso y feroz, el otoño es rico y señorial, y el verano es brillante y alegre. Sí, sí: tararí. Vivaldi, muy cucamente, no incluyó en sus partituras del verano a las avispas.

Vuelan por todas partes, indecisas, sin el aire atareado y simpático de las abejas, que son peluditas y rechonchas y van a la suya. Las avispas son meticonas e insolentes; van como colgadas de un hilo, con las patas flojas y pendulonas y el tórax encorvado como si les doliera la espalda, y esas alas delgadas como palitroques emitiendo un zumbido agudo e irritante. Además tienen cara de mala uva, las avispas; parece que te miren mal, como vecinas maledicentes, de reojo y esperando a que te descuides para ponerse cerca y fastidiar. En realidad lo que fastidia no es que piquen, porque pican poco. Lo que fastidia es que se pasan el rato haciéndote pensar que te van a picar. Tengo ahora mismo una avispa leyendo por encima del hombro, salvo cuando la espanto de un cabezazo, lo cual me da a mí aire de vaca y a ella un vuelo ligeramente sacudido por lo que (me imagino) son risitas malévolas. Además son unos bichos ladinos; ahora no ves ninguna y piensas que ya te puedes relajar, y de pronto, zas, te aparece una zumbándote en la oreja con retintín.

Supongo que, como la vida de las avispas no debe depararles muchos desafíos intelectuales, ellas se divierten así en verano, pero no les arriendo la ganancia, porque la zapatilla va a salir volando de un momento a otro. Que me gustan los bichos, pero dentro de un orden.

18.8.02

María Luisa, a la una

María Luisa es rubia y va por la vida con la descarada fiereza de las niñas de tres años. María Luisa habla con claridad y enuncia con total precisión, ansiosa por comunicar al mundo todo aquello de lo que ella participa, porque es ella quien participa. María Luisa tiene una hermana pequeña a la que lleva mártir, y unos padres que empiezan a temerse lo que les espera cuando su hija mayor cumpla los quince años.
María Luisa es un trasto.
-María Luisa, ven aquí.
-María Luisa, sal del agua.
María Luisa sale de la piscina diciendo que quiere volver a entrar, y luego gime desconsolada que ya no tiene más calor. Su hermana balbucea y corre por la hierba y se prueba sombreros de María Luisa, que le caen hasta la barbilla. María Luisa le arrebata enseguida el sombrero.
-María Luisa, deja a tu hermana.
-María Luisa, a la una.
-María Luisa, ¿qué te he dicho?
Las conversaciones con María Luisa se escuchan a medias, porque los padres no pueden competir con la voz alta y clara de la niña, que explica prolijamente todos sus procesos mentales y anuncia todas sus acciones por si alguien tiene algo que objetar. Nadie tiene nada que objetar: intentar impedir a María Luisa llevar a cabo sus proyectos debe ser algo así como intentar detener una avalancha con un cazamariposas.
-María Luisa, no me hagas ir ahí.
No he visto nunca a María Luisa establecer relaciones diplomáticas con un perro, pero me imagino al animal achantado y acobardado, mientras María Luisa le tira de las orejas y le explica por activa y por pasiva cómo y de qué manera van a jugar juntos. Si María Luisa se pusiera delante de un tigre, yo sé por quién apostaría.
-María Luisa, deja eso.
María Luisa arrasa con su personalidad y no se preocupa del qué dirán, ni se preocupará. María Luisa es ya una superviviente y puede lidiar lo que sea y a quien sea. En el no tan lejano futuro habrá que tener mucho cuidado con María Luisa.
-María Luisa, no se lo quites.
-María Luisa, a la de dos.
-¡María Luisa!
A mí, qué quieren que les diga, María Luisa me cae bien.

12.8.02

Milenarismos auditivos

Espantadica me he quedado. En un comentario a la noticia de portada de Magufomedia me he enterado de la existencia de un programa (de risa) llamado Milenio 3. Allá que me he ido a la página web, esto de Internet es un gran invento, y he visto que en el programa (de risa) hay muchos alegres y bromistas muchachos que han condensado, destilado y concentrado la esencia más pura de la antítesis del buen periodismo. Sin duda es una hilarante parodia. Se nota que es de risa porque en la web del programa dicen que hay periodismo de investigación de fenómenos paranormales, pista clara donde las hubiere. Y conociendo las dotes literarias de su director, las dramatizaciones de sucesos misteriosísimos que prometen (con guión del propio director, cuyo nombre no silabeo por respeto a mi público) han de ser la cosa más temblorosa que la radio mundial ha escuchado en muchos, muchos años. Menos mal que el programa es muy interactivo; no estamos totalmente desamparados: podemos contraatacar. En fin, ya lo saben por si algún día tienen ganas de echarse unas risitas. Y es que hay que tener una pacienciaaaa...
Cocimiento de habas y esas cosas

Hace unos días quedé en Madrid donde no queda nadie: en la estatua del oso y el madroño de la Puerta del Sol en Madrid. Lo cual tiene ventajas e inconvenientes, como el programa espacial. La ventaja es que el sitio es facilísimo de encontrar, incluso aunque seas de Madrid. El inconveniente es que, al ser facilísimo de encontrar, todo el mundo lo encuentra, y cuando llegas allí tienes que pasarte diez minutos eliminando candidatos de entre las dos docenas de ejemplares de fauna y flora que se apoyan contra los pedestales y los maceteros de alrededor mientras hablan por el móvil o, a veces, entre sí.

Así que allí llegué yo toda turista de mí y me dispuse a esperar pacientemente, pero no estaba escrito que me aburriera esperando, no; había un prójimo vestido con vaqueros y una camiseta azul toda llena de literatura, que cargaba un megáfono y una pequeña biblia en la mano, y estaba muy ocupado dirigiendo al público asistente un discurso largo y monotonal que me costó descifrar. Cuando por fin lo hice, lo que me costó fue contener la risa, porque al parecer el profeta en su tierra en cuestión se estaba dedicando a exorcizar la plaza, las calles adyacentes, a la concurrencia, y ya que estaba, también las malas costumbres y a la juventud, que siempre está en el punto de mira de todos, hasta de la propia juventud. Mientras se dedicaba a estos píos menesteres, con una mano alzaba la biblia y la hacía describir lentos círculos en el aire, un poco como el que agita una carraca; supongo yo que sería para asperjar un poco de divinas palabras aparte de las que nos asperjaba él verbalmente con una alegría comparable a la de un velatorio.

Así pasé un rato bien entretenida, pero la cosa dejó de entretener tanto cuando apareció un ciudadano vestido de manera similar, que deduje sería el relevo de la criatura, que ya debía estar quedándose sin versículos que citar. Pero más que relevo resultó ser refuerzo, y lo peor es que juzgó que la mejor manera de salvar nuestras almas no era mediante la palabra divina, sino mediante el divino don de la música, y se puso a cantar. Bueno, llamar "cantar" a lo que hacía es un poco como llamar "gastronomía" a lo que sirven en el McDonalds, creo que se me entiende. Al oso se le puso cara de querer salir corriendo, y el madroño se secó de golpe. Los amables ciudadanos que hasta entonces habían estado formando corro, no precisamente por interés espiritual, sino más bien por afán jocoso y ganas de cachondeo ("¡Más alto que no se oye!", gritaban unos jóvenes ante la impasibilidad del apóstol), se quedaron callados y empezaron a alejarse a pasitos con expresiones aprensivas. Yo tenía ya el interior de las mejillas hecho virutas de mordérmelo para no echarme a reír a carcajada limpia, pero afortunadamente en ese momento aparecieron aquellos con quienes había quedado yo, así que nos ahorramos un disgusto y emprendimos un viaje iniciático por los bares de Madrid que culminó con la consumición de una muestra de carne de canguro. Que, no crean, está rica.

8.8.02

Contrastes

Pues yo creía que esto del desfase geográfico iba a ser algo más bestia, pero en realidad me he acostumbrado a toda velocidad al calor del verano, a los colores amarillos y sepia de la tierra, al verde oscuro de las encinas y a los edificios ¡de ladrillo! ¡Casas de piedra, dónde se ha visto! Aquí, claro.

Es una sensación rara ir por la calle y ver gente; bueno, en Corvallis se ve gente, claro, pero es gente que se limita a usar la calle para ir de un sitio a otro, y realmente cuando se les ve por la calle tienen cara de no estar allí, de estar de viaje. Aquí también hay gente de paso, pero tienen expresiones más vivas, más alerta. O me lo imagino yo, claro, que todo puede ser. O quizá sea porque suelo ir al pueblo con mi madre, y cada vez que pasa un coche de color aluminio, un color que le gusta muy poco, le grita "¡Lataaaaaa!", así con fruición, y eso digo yo que debe suscitar una leve curiosidad.

En el apartado gastronómico, y que me perdone mi amigo Pablo, debo decir que las cosas no van mal del todo. Esto es lo que se llama un "eufemismo". De los gordos. Ayer mismo estuve cenando en una taberna en Madrid y todavía me tiemblan las rodillas. Salvo que el camarero tenía el día despistado y se equivocó dos o tres veces, acabando por poner frente a mí el cortado cuando yo había pedido café solo, lo cual nos dio motivo para reflexionar gravemente sobre las preconcepciones sociales, las películas, las sutilezas filosóficas de Bush, y otros temas de interés. O a lo mejor fue el Ribera de Duero, no sé. De esta Pablo me mata, condenado al silk tofu y las pizzas congeladas de Corvallis.

Hoy hemos ido a un pueblo muy majo llamado algo de Manzanares, o Manzanares de algo (es que me pierdo con los nombres, que aquí por Madrid son muy serios), y de camino, enfilados directamente hacia la Pedriza, me he fijado en los brotes epidémicos de casas que hay por todas partes. Adosados, claro: se conoce que les ha gustado la idea. Los hay de color hígado con contraventanas verde oscuro, que parece que de un momento a otro vaya a salir Victor Frankenstein de una; los hay claritos y relucientes, con carpintería de madera clara, tan pulcros y pintados de un amarillo tan pálido que hace que bajo el sol tengan pinta de taquitos de queso; los hay de ladrillo, con tejados piramidales rematados en tragaluces que me dan la impresión de que dentro tienen un montón de acero cromado, no sé por qué. Los hay por todas partes, y donde no los hay, ya están apareciendo esqueletos de cemento rodeados de valla de alambre, prometiendo prodigios de lujo y comodidad a precios tan asequibles que es posible que la tercera generación ya haya terminado de pagarlos.




3.8.02

De viaje (y II)

Y he aquí el final de la crónica, para solaz y esparcimiento de propios y extraños. O al menos de los propios y extraños que sigan por aquí y que no hayan sido tragados por la vorágine agosteña...

16:04 (hora de Oregon); 01:04 (hora de Madrid)

A bordo. La pena es que aunque Lufthansa opera el vuelo, el avión es de United. Me gustan más los aviones de Lufthansa; tienen más sitio y son más molones. Este avión lo que tiene son pantallitas individuales de televisión en el respaldo del asiento de enfrente, y puedes cambiar de canal y todo, como en casa. Y no hay nada bueno en ningún canal, como en casa.

Estamos ahora en zona de baches, pero no se nota porque no es como si estuviera escribiendo a mano y se me fuera la mano. Hombre, lo de acertar con la tecla correcta presenta un reto interesante, pero después de corregir, ya no se nota.

Juer, qué frío hace también aquí. Lo malo es que en estos aviones grandotes tengo el pirindolo de echar aire como a quince kilómetros de mi mano, voy a ver si me camelo al del asiento de al lado, que es alto, para que lo cierre. Qué astuta perfidia la mía. Es que ni Mata-Hari.

Todo esto sigue siendo falta de sueño; había conseguido caer frita entre ataque y ataque de tiburón en el Discovery Channel (siempre que pongo el Discovery Channel están atacando los tiburones, se conoce que les gusta), y va y me despiertan para la cena, o la comida, o lo que sea, que ya ando toda trastocada con esto de los ritmos circadianos. Menos mal que estaba rica, y calentita (el catering de Lufthansa es el mejor de los que he probado). Menos mal también que el cielo se ha esperado a tener baches hasta después de comer, que si no me veo todas las pechugas de pollo bailando alegres por el aire y chocando con los trozos de lasaña con multicolores salpicones de tomate y carlotas hervidas. Lo cual, para qué nos vamos a engañar, daría mucha variedad al vuelo.

Otras noticias de interés: he conseguido no pedir café, y me he bebido una taza de té algo áspero pero aceptable, que siempre cae mejor en la tripita. Y he conseguido sacar el portátil, que va bien de batería (ya puede, lleva dos, cargadas a tope) y aquí estamos ambos, como en los viejos tiempos, tecleando al buen tuntún mientras cada tres minutos y medio nos interrumpen a los tiburones en la tele para decir que sigamos sentados con los cinturones de seguridad abrochados, gracias. Inmediatamente después de cada aviso el avión sufre un tembleque. Para mí que lo de la turbulencia es un camelo, y que lo que pasa es que el capitán tiene el día cachondo y se divierte haciendo el caballito con el avión o algo.

Me está entrando la sopa otra vez... Bueno, tampoco es que tenga que ir a ningún sitio las próximas cinco horas...


19:38 (hora de Oregon); 04:38 (hora de Frankfurt y de Madrid)

Bueno, no han sido cinco horas, han sido tres y pico. Debo haberme dormido porque de repente me he despertado toda retorcida como una gusana en un anzuelo. La pantallita del asiento me informa con amabilidad de que me quedan dos horas y media de viaje, poco má o meno. Vamos derechitos hacia una ciudad de Irlanda que se llama Limerick, ya ves tú lo que son las cosas. Tenemos viento de cola de 112 Km/h (¡hala!), hemos cubierto ya 4730 Km (¡andaaa!), y volamos a 11277 metros de altura (¡ahí vaaa!). Y la velocidad del suelo (siempre me hace gracia eso) es de 1022 Km/h, para el que le interese. Y fuera hace un frío que pela, casi tanto como aquí dentro. Esto para los que gusten de datitos, hale, ahí queda eso.

Hace unas tres horas nos indicaron sutilmente que era hora de dormir apagando todas las luces; les ha faltado cantarnos una nana. Pero la gente se está despertando ya, y recorren los pasillos con cierta inútil determinación, como si tuvieran prisa por llegar a alguna parte. En realidad todo es desesperación pura, ganas de moverse. Yo no estoy mal, pero la gente más corpulenta debe pasarlas canutas embutidos siete horas y media en un asiento todo lleno de obstáculos a tu paso: que si los reposabrazos, que si el cinturón de seguridad, que si el respaldo del de enfrente, que si la bolsita de mano del tamaño de Gibraltar que llevas las últimas cinco horas intentando embutir a patadas bajo el asiento... Sólo Spiderman se sentiría a gusto con las contorsiones necesarias para sentarse por estos pagos.

Voy a poner otra vez la tele... ¡Anda, tiburones en el Discovery Channel! ¡Qué sorpresa!

Me quedo viendo el mapa, que es más divertido. El piloto tiene buena puntería: seguimos con la nariz apuntando directamente a Limerick. ¿Sabéis lo que es un limerick? Es una rima inglesa con un ritmo muy predeterminado y de un tono cuanto más subido, mejor. Va un poco así:

Tam TAM tam tam tam tam tam tam
Tum TI tum ti tum ti ta tam
Ta TI tum tum tam
Ti TA ta tum tam
Tim TAM tam tam tam tam tam tam

Pueden ser muy divertidos, y cada dos por tres se ven concursos de limericks por Internet. Annals of Improbable Research tiene algunos geniales. Pero son intraducibles.

Limerick, de todos modos, va a quedar a nuestra izquierda a medida que el avión se desvía hacia Francia. Digo yo que podría desviarse un poquito más ya y parar em Madrid, ¿no? Menuda tontería de vuelta te hacen dar. Además, según el mapa, ahora mismito el avión es el tercer vértice de un triángulo casi equilátero cuyos otros dos vértices son Frankfurt y Madrid. Jolines, pues que paren. Mira, mira, ahora volamos sobre Cork. Mira que llamar "corcho" a una ciudad...

Voy a parar de decir tonterías un rato.


22:42 (hora de Oregon); 07:42 (hora de Frankfurt y de Madrid)

Es casi como si ya hubiera llegado. ¡Estoy en Europa! Se nota bastante, la verdad. El aeropuerto de FRankfurt es un sitio reluciente, elegante, sobrio, bastante funcional. Lo primero que me ha llamado la atención es el olor: los aeropuertos estadounidenses huelen, siempre, a comida. Sea pizza, hamburguesa, bollos de canela o kebabs, prácticamente todo lo que se ve alrededor es comida. El aeropuerto de Frankfurt huele a perfumes: Lancôme, Christian Dior, Rochas. Y a revistas. Y a periódicos.
Muestra diferentes tipos de prioridades en el público

Como tenía tiempo, me he tomado con calma lo de encontrar la puerta de embarque. Y menos mal que tenía tiempo, porque las señales me han llevado por un laberinto, subiendo en ascensores, bajando en ascensores, recorriendo larguísimos túneles que serían monótonos de no ser porque luces indirectas derramaban cascadas de colores cambiantes en las paredes curvadas, y de vez en cuando sonaban inopinados tonitos de sintetizador, como si una orquesta de gnomos electrónicos se escondiera tras los plafones del techo.

Pero ya he encontrado la puerta; ha sido un sano paseo de unos veinte minutos, que me ha servido para estirar las piernas, para comprar un adaptador de enchufe para el portátil (que no tenía), y ahora mismo para conectar la fuente de alimentación a un enchufe servicial que he encontrado y así ahorrar mis queridas baterías, que las tengo más mimadas que para qué.

El público que camina despacito por esta terminal larga y de reluciente piedra gris está formado sobre todo por hombres en traje de negocios y algunas mujeres altas y muy esbeltas. La gente viste incomparablemente mejor que en USA, y de repente paso a sentirme totalmente pordiosera (en Corvallis, si me salgo de mi vaqueros-y-camiseta, lo cual ha ocurrido creo que unas siete veces en tres años, siempre me siento demasiado vestida). Todo es muy tranquilo, muy organizado, y utilitario; nada de los ataques directos a la cartera que sufres en América, donde es difícil doblar una esquina sin encontrar un puesto de venta de lo que sea.

Fuera hace un día ligeramente neblinoso, de luz color latón y cielo agrisado por una capa de smog. A mi izquierda, la pared de la terminal es toda de ventanales, y se ven pasar los aviones como trenes por una vía, desde aeronaves pequeñitas con pinta de tubo de pasta de dientes hasta bestias transatlánticas achatadas por los polos. Casi parece que como el piloto se despiste la punta del ala va a rayar los ventanales.

Dejemos aparte el tema costumbrista y centrémonos en el biológico: estoy toda trastocada, con el tipo de sueño sordo y pesado, dos capas por detrás de los párpados, que me ataca en estos casos o tras una noche entera de estudio. Ni hambre ni sed, ni frío ni calor, sólo esta especie de magullamiento general de baja intensidad y un deseo inexplicable de comerme una sandía y de apretar la cara contra la hierba. Es curioso, porque en Corvallis, a las once de la noche, que es la hora que mi cuerpo tiene ahora mismo, no me suelen entrar ganas de comer sandías.

¡Mira, mira! Ya aparcan el avioncito que nos llevará a Madrid de aquí a poco más de una hora. Es chiquitín, con la cola azul y en ella el pajarito anoréxico del logo de Lufthansa. Las azafatas serán delgadas, elegantes, guapas y ligeramente intimidantes. Al piloto no se le entenderá una cuando hable en inglés (en alemán no sabría deciros).

¡Oooooooy! ¡¡Un avión de Iberia, he visto un avión de Iberiaaaaa!! Qué horror, me he puesto toda emosioná. Pero es que da como cosa, después de tanto tiempo. Mejor lo dejo antes de que oiga a alguien con acento de Valencia decir algo y tengamos una escena.

Vale, aventura al canto: he aquí que me dirijo feliz a la puerta de embarque, y en la pantalla veo que el vuelo era a Düsseldorf, no a Madrid. Pregunto. Han cambiado la puerta de embarque, me dicen. Hala, ¿y cómo no me he enterado? Porque estaba demasiado ocupada escribiendo en el portátil, por eso. Menos mal que tengo tiempo, porque la puerta de embarque está, de nuevo, en la otra punta del aeropuerto: vuelta por el mismo camino por el que he venido; otra vez por el túnel de colorines con los gnomos electrónicos, las tiendas que huelen a Lancôme, los quioscos repletos de revistas, de esos que no se ven en USA. De haberme enterado antes, el trayecto desde el avión de Washington a la puerta de embarque hubiera durado la friolera de tres minutos y medio en lugar de los cuarenta minutos que me he pasado pateando terminales. Pero bueno, tampoco tenía nada mejor que hacer...

01:42 (hora de Oregon); 10:42 (hora de Madrid)

El pasaje está compuesto casi en su totalidad por un grupo de estudiantes, o de algo, que vienen de algún viaje parroquial a juzgar por (a) la presencia de un cura en el grupo; (b) la presencia de una monja en el grupo; (c) las cruces que casi todos ellos llevan al cuello, y (d) cierto aire vago e inconfundible a grupo parroquial. Aparte, o injertados, no sé, están los integrantes de algo llamado "ARA", grupo folclórico de Madrid.

Es justo el tipo de pasaje calculado para provocar pesadillas en la azafata más flemática: no paran quietos, ocupan los pasillos, se cambian de sitio con alegre abandono, forman grupitos de rodillas sobre los asientos, hablan entre sí a gritos con amigos siete filas más allá... Es todo tan totalmente diferente de cómo son las cosas en la porción anglosajona del mundo que se me ha puesto la mirada curiosona y algo boba de una turista.

Se ven los Pirineos por la ventanilla del avión. Diecinueve meses desde la última vez.

Estoy en casa.

1.8.02

De viaje

Como prometí, he aquí la primera parte de las notas que fui tecleando en el portátil, por puritito aburrimiento, mientras varios aviones me llevaban en volandas sobre los Estados Juntitos y el Atlántico y esos sitios raros. Luego no digan que no avisé.

06:59 (hora de Oregon); 15:59 (hora de Madrid)

Voy como una sanguijuela, persiguiendo asientos cerca de enchufes para poder conectar el portátil a la red y ahorrar baterías, que bastante gasto haré en las próximas horas. Cuando intenté lo mismo en Chicago no pude encontrar un enchufe así bajara de los cielos San Filamento Bendito, pero Portland tiene un aeropuerto más casero y amable y no hay problema al respecto. En Lansing tampoco hubo obstáculos, ahora que me acuerdo.

No he pegado ojo: los nervios, y mi manía de dejar cosas para última hora. Entre eso y que esta mañana me he levantado a las siete, hace ahora exactamente 24 horas que ando por el mundo. Y me quedan, a ver, mñbsnsnmlblbm... diecinueve horas y media más, así a ojo piojo. Yupi yupi.

Al menos los viajes en avión son clarísimamente predecibles, y sólo hay dos enemigos a batir: el aburrimiento y los calambres musculares. Sé que este vuelo va repleto, y me han dado un asiento en la mitad de la fila (arggg, grrr, puaj, mbrbrbrmñ). Pero en el vuelo transatlántico me toca pasillo, lo cual está bien, y en el vuelo transeuropeo me toca ventanilla, lo cual podría ser peor.

Aunque los registros de seguridad siguen siendo poco menos que anatómicos, la gente se lo toma con muy buen humor. Son todos muy amables, bromean, sonríen, se dejan pasar unos a otros, esperan con paciencia a que los raritos desempaquetemos el portátil para dejarlo en su bandejita individual. La bandejita individual debía estar pensada para cargar hamburgesas o latas de Coca-Cola, porque ni uno sólo de los portátiles se ajusta. Los Dell como el mío son demasiado anchos, los Toshiba planitos y relucientes demasiado largos, los modelos anticuados demasiado gruesos, las maravillas de la técnica de diseño finlandés combinan fatal con el plástico gris...

Estoy al lado de la ventana, viendo cómo los aviones llegan, aparcan y son alimentados y mimados por el personal de tierra. La cosa es bastante menos emocionante después de la primera hora, ¡si al menos llegara un piazo Jumbo como el que vi en Chicago una vez...! Era un leviatán de cuatro pisos de alto, remolcado por lo que parecía una zapatilla, y que de repente se encontró conectado a enormes tubos multicolores como una Gorgona grunge; por debajo corrían operarios llevando a cabo misteriosas pero sin duda importantes tareas, como bandadas de camarones acicalando a un gobio gris, azul y cachazudo. Los aviones de ese tipo tienen mofletes y cara de sueño.

La otra opción de entretenimiento, aparte de jugar al solitario en el portátil (y tengo demasiado sueño para concentrarme) es mirar a mis compañeros de viaje. Vale, mirados: están todos fritos. Es demasiado temprano para poder llevar con dignidad lo temprano de la hora, si ustedes me entienden. Una mujer rubia y ligeramente aguada viaja con una bolsa que lleva dentro un gatito. El gatito está jurando en arameo; claramente no le gustan sus dependencias, por más que la dueña (si estuviéramos en California sería la "cuidadora") meta la mano en la bolsa y ofrezca el consuelo de su presencia.

Están llevando las maletas al avión, ¡tuto, miedo! Siempre tengo la ingenua idea de que voy a poder ver la mía mientras la llevan al avión en esos trenecitos, verde y rígida, y si no la veo ya me imagino a mi pobre ladrillo de Samsonite emprendiendo rumbo a Djakarta sin mí. El trenecito va con sedado paso de procesión y vuelve a velocidad supersónica.

Si bostezo con más energía crearé un vórtice de vacío. ¿No podrían poner hamacas o algo en los aviones? Lo malo es que también tengo un hambre que me fagocito, y la duda me corroe: ¿me duermo, y me pierdo el desayuno, o me quedo despierta, y ando zombie hasta llegar a las Azores? ¡Decisiones, decisiones!

Hala, ha pasado otro carrito y tampoco he visto mi maleta. A Novosibirsk la envían, fijo.

Le están haciendo una transfusión al ala del avión, pero a base de bien. Mientras, el corralito se va llenando de sufridos viajeros. No pongáis esa cara de mártires, no, que la que ha venido de Corvallis a 90 millas y pico es nena. Menos mal que no conducía yo, sino Pablo, majo que es él, y que además David se ha apuntado a la juerga, y así el viaje ha resultado muy agradable.

Bueno, es oficial: tenemos piloto. Y azafatas. Acaban de pasar. Todos los pilotos son esbeltos, o al menos distinguidos. Este tiene el pelo plateado y gafas de montura metálica. Las azafatas han sido liofilizadas por años de exposición al aire frío, metálico y gastado de la cabina.

Ahora también tengo frío. No, si la cuestión es quejarme...

Creo que van a llamar para embarcar. Cierro.


13:10 (hora de Oregon); 16:10 (hora de Washington); 20:10 (hora de Madrid)

Oye, pues hemos llegado a Washington y todo... ¡Qué frío hacía en el avión al principio! No sabía cómo encogerme para minimizar la superficie de piel expuesta a las ráfagas gélidas. Luego se me ha ocurrido cerrar el pirulito ese que tira aire, y la cosa ha mejorado bastante. Lo que hace la falta de sueño...

Al final he optado por desayunar, pensando que con un poco de combustible en el cuerpo lo del sueño no sería tan grave. Y así ha empezado la vida pequeñita de los aviones. El asiento compacto, que según todos los anuncios de líneas aéreas es un prodigio tal de comodidad que para sí lo quisieras en el salón de tu casa. La bandejita con versiones en miniatura de aproximaciones de sucedáneos de imitación de comida. Los pancakes del diámetro de un ratón. El tarrito de jarabe. El vasito rebosante de hielo donde el zumo se diluye hasta extremos homeopáticos. Los cubiertos de plástico negro, blandos y flexibles como spaghetti cocido, con los que se hace difícil cortar un pancake, no digamos ya algo de más sustancia. La barquita con tres trozos de piña medio seca y ácida como el demonio y cuatro trozos de melón verde químico, frío como un témpano. Como está visto que no aprendo, he pedido café, pensando que la cafeína me vendría bien, pero un sorbo ha sido suficiente para recordarme que siempre, siempre, siempre me juro a mí misma que jamás pediré café en el avión, y que nunca, nunca, nunca, cumplo mi juramento. Achaquémoslo de nuevo a la falta de sueño.

Luego me he dormido. Algo hay que hacer, y no estaba yo por la labor contorsionista de sacar el portátil y teclear con los codos dentro de los límites del teclado. No sé por qué no ponen unos reposacabezas a los lados del respaldo, para tronchar ahí tan ricamente; creo que lo hacen por fastidiar.

Dormir, lo que se dice dormir, no he dormido; pero he alcanzado un estado de duermevela suficiente como para pasar casi dos horitas, y luego han servido un aperitivo, y la horrorizada fascinación que me ha provocado estudiar cada uno de los elementos del mismo me ha servido para despertarme hasta un nivel aceptable.

Así que ahora estoy en Washington. Como si no, oiga. Es un aeropuerto muy normalito, moqueta gris, paredes blancas, sin los alardes de neón del Chicago O'Hare ni la fealdad color tabaco del JFK. La gente está, en conjunto, más delgada que en Oregon, y es de más colores más divertidos. Sigo teniendo sueño, pero, a lo tonto a lo tonto, entre que encontraba la puerta y tal, se me ha pasado la horita y pico de espera y faltan veinte minutos para la hora oficial de embarque.

Y ya no falta nada y estamos embarcando. Bueno, están, que son los enchufados de primera. Hora de recoger la paraeta y avanzar de uno en uno y con el pasaporte en la boca.

Continuará con el vuelo transatlántico. ¿Será buena la película? ¿Qué me darán de cenar? ¿Y para el desayuno? ¿Conseguiré no pasar frío? ¿Veremos un OVNI? Próximamente en La Biblioteca de Babel, ¡su blog amigo!