17.9.02

Pan y circo

Me dice mi amigo Pablo, que se ha quedado en Corvallis durante este prolongado hiato que estoy pasando aquí en España, que se aburre. El pobre no tiene blogs que llevarse a la boca, y yo admito que estoy siendo un poco vaga, y claro, él que es amable, me dice que echa de menos mis entradas (las del blog, malpensaos; las del blog). No sé si será verdad, pero por si acaso, me apresuro a deciros que no es que pase mucho de vosotros, ¡al contrario! Es que son fiestas aquí en el pueblo, y me he pasado la mitad de la tarde haciendo fotos a gente y la otra mitad viendo llover. Han sido mitades no superpuestas, ojo. Lo de las fotos es que de pronto he visto la cámara de mis papis, que es majeta, y me he puesto con el teleobjetivo en plan James Stewart a cazar expresiones y actitudes de los que en la plaza, perdón, la Plaza del Olmo (compren el sello y lo verán) asistían a lo que la Comisión de Fiestas llama, con cierto retintín, los "festejos taurinos". Consisten en lo de siempre, pero para los amigos de otros continentes diré que la idea es soltar una vaquilla en un espacio cerrado y torearla, pero no en plan fiesta nacional y olé, sino pasando cerquita y mostrando lo bien que "recortas" al bicho, o sea, lo mucho que corres para que no te empitone el bicho atreviéndote a la vez a acercarte todo lo posible.

Este año la Comisión (de Fiestas) ha decidido que necesitamos "tierrica de San Julián" en la plaza (del Olmo). Así que han cubierto el cemento habitual con una gruesa capa de una tierra verdegris para, es un suponer, evitar resbalones de vacas y mozos. Lo que pasa es que ha caído un chaparrón de proporciones Noéicas y en un decir "Comisión (de Fiestas)" la plaza (del Olmo) se ha convertido en un lodazal. Pero no ha pasado nada. La tierrica de San Julián es extrañamente higrófoba y forma un barro granuloso que se encariña con las zapatillas y perneras de la gente, pero menos de lo que podría pensarse. Además, la Comisión (de Fiestas) ha hecho venir un ingenio motorizado a la plaza (del Olmo) (vean el sello, leñe), y en un santiamén la tierrica ha quedado amasada con el agua de lluvia formando un todo uniforme y menos traicionero que el puzzle de charcos anterior. Y así han transcurrido plácidamente los festejos taurinos de la tarde, y ustedes disculpen, sin tener que lamentar víctimas ni daños materiales.

Pero he aquí que esta noche hay "toro embolao". Que es más o menos lo mismo, salvo que lo que se suelta es un novillete, al que previamente se han sujetado a los cuernos unas abrazaderas rematadas, a prudente distancia, por sendas bolas de brea y estopa, a las que se prende fuego para que haga mono y quede de lo más pagano y algo ramplón. Pero es espectacular y los turistas ingleses se quedan muy contentos con lo exótico del asunto, y los locales cambian heridas incisocontusas por quemaduras de primer y segundo grado, y todos contentos.

Y en la pausa entre el espectáculo taurino (con disculpas al respetable) de la tarde, y el espectáculo taurino-pirotécnico de la noche, de nuevo ha caído lo que aquí se llama un "abatojón", que es un chaparrón de duración corta pero intensidad honda y sentida, de esas que te hacen pensar que las nubes han decidido que ya que tienen que hacer un trabajo, merece la pena hacerlo bien. Y de nuevo la tierrica de San Julián ha pasado a ser un bello puzzle color gris rata con charcos color café con leche en bellos diseños curvos dejados por las pezuñas de anteriores vacas. Y ya nos temíamos, dada la humedad ambiente y el estado del terreno de juego, que iban a tener que embolar una carpa. Pero no: la Comisión (de Fiestas) ha apechugado valientemente y hemos tenido toro embolao, algo salpicadillo de barro, pero embolao.

Si le pusiéramos las mismas ganas a aprender probabilidades y estadística, nos colarían menos bolas ardientes y embreadas en los periódicos.

P.S. Esta entrada está dedicada a Pablo, que me estará escuchando.

14.9.02

Umbrales

Hace un día gris, con un cielo lechoso y espeso como una catarata y aire fresco y húmedo de cueva. Estoy en mi pueblo, que tiene cien veces menos gente que Corvallis, pero no lo parece. Lo que pasa es que por estos pagos nos tomamos el pueblo, así como tal y en conjunto, como una habitación más de nuestra casa, y no, caso de Corvallis, como el medio para pasar de una casa a otra (a ser posible deprisa y sin mirar a los demás). Aquí las fronteras entre "dentro" y "fuera" se difuminan, como si Barrio Sésamo no hubiera llegado a estos pagos, y andamos todos haciendo vida de umbral: apoyados a la puerta de casa, sentados en el escalón de entrada, asomados a ventanas y balcones, o en una silla sobre la acera, convirtiendo calles y plazas en salita de estar. La consecuencia obvia, entre otras muchas, claro, es que te enteras de todo, porque las conversaciones se llevan a cabo en voz alta y clara, y los aspavientos son suficientes para hacerse una idea de lo que se está discutiendo (no me hagan hablar, no me hagan hablar...). Como remate, y siguiendo la lógica de "salita de estar en la calle", los niños campan a sus anchas; en Corvallis los esconden cuidadosamente para salvarlos de los innumerables peligros que allí acechan (lo que es un poco raro, porque la gente se sigue dejando abiertas las casas y los coches, pero la paranoia sobreprotectora con los niños en USA raya lo surreal), y si se les ve es en grupos y bajo la supervisión de algo que en círculos poco exigentes a veces se puede llamar "adulto". Aquí el adulto en cuestión (este sí lo es) adopta la estrategia de los animales gregarios, es decir, se sienta en una mesa en la plaza a rumiar un bocadillo y una cerveza, fiándose de los otros miembros de la manada y de la protección que ofrece el grupo mientras su retoño salta y brinca y deja saber su localización en base a unas llamadas muy especializadas y efectivas llamadas "aullidos salvajes". Así que todo está en orden, y de vez en cuando el runrún de la plaza en pre-fiestas queda ahogado por las campanadas lentas, solemnes y nada electrónicas del campanario de la iglesia dando las horas.

13.9.02

Phileas

Waterman Phileas
Cuando escribo a mano, escribo con pluma estilográfica; manías que tiene una. Empecé con una Waterman que me regaló mi padre; era una pluma sencilla, de color plateado mate, sin adornos. Una pluma de batalla para llevar a todas partes. Me costó hacerme con ella, pero cuando, como se suele decir, "rompí la mano", se quedó rota, y no usé otra cosa durante todo el Instituto y la carrera. Yo iba a todas partes con mi pluma Waterman plateada, cargada con tinta azul-negro (primero) o azul (más tarde), y un reservorio de kleenex porque hacia el final de su vida útil a la pobre le daba por destintarse dentro de la mochila y lo ponía todo perdido. Como no tenía cargador rellenable, usaba una pequeña jeringa para rellenar los cartuchitos de plástico con tinta de tintero. En fin, que monté toda una parafernalia que mis compañeros de carrera, más prácticos pero también más anodinos, se ahorraban.

Pero a mí me encantaba; me aficioné al ruidito del rascar del plumín sobre el papel (yo compraba unos bloques Multifin de dieciséis agujeros, cuadriculados, un papel grueso casi como cartulina que iba de maravilla), me aficioné a la suavidad de trazo y al delicado control del grosor de la línea con el que podías jugar por si había que tomar una nota al margen o hacer un esquemita. Encontré el punto exacto de aquella pluma; casi se puede decir que saltaba a mi mano como un perrito bien adiestrado, y el plumín se ponía automáticamente en el ángulo exacto para mí. Éramos una sola entidad.

Finalmente la Waterman murió de vieja. El plumín se desprendió del cálamo, que ya estaba muy desgastado, y ningún arreglito ni chapuza de los que había aprendido a hacer me sirvió para que aquello dejara de desencuadernarse a las dos palabras. La llevé a arreglar a una tienda deliciosa que hay en Valencia, La Central del Fumador, donde voy a babear de vez en cuando frente a los escaparates para hacerme mala sangre por todas las plumas que no me puedo llevar. Allí me dijeron que la única solución era cambiarlo todo, cálamo y plumín, y dije que bueno. Casi me costó lo mismo que le debió costar la pluma a mi padre, pero eran demasiados años juntas como para tirarla simplemente a la basura como un trasto inútil. Me la devolvieron pulcramente envuelta en un sudario de papel de seda, con las partes dañadas en un paquetito aparte. Pero aquella ya no era mi pluma. Lo intenté; durante dos o tres semanas me forcé a escribir con ella, pero algo no funcionaba entre las dos. El trazo era duro, cosa de esperar, y como espasmódico. Pensé que tenía que "hacerla a mí" de nuevo, pero no hubo manera. Algo se había roto: mi Waterman, aquella con la que compartí nueve años de apuntes, ya no era esta extraña que se sentía tiesa y rebelde en mi mano. La letra salía rara, contrahecha. Ninguna tinta parecía fluir bien por su perfecto plumín nuevo.Ningún color me satisfacía. Acabé arrinconándola en un cajón.

Tengo más plumas, y durante meses enteros jugueteé ya con una, ya con otra, buscando aquella que me sirviera, no sólo para algunas cuartillas o notas apresuradas o ese cuento que sabes que vas a escribir de un tirón, sino para llevar conmigo a todas partes hasta que el destinte nos separe. En vano. Eran todas plumas honestas, de buena familia, como aquella delicada Parker con adornos de oro y plumín en forma de flecha, de cuerpo demasiado esbelto pero trazo elegantísimo y suave, o la Montblanc, la reina de mi colección, que todavía tiene que encontrar su tinta ideal y cuyo carácter es algo indeciso y sin aristas, demasiado suave para mí. También había una Sailor de metacrilato transparente y punto finísimo, a la que puse tinta azul eléctrico, que trazaba líneas delicadas como hilos de araña y era linda como una heredera de plantación sureña, pero tendía a desmayarse si le pedía velocidad, perdía el trazo y arañaba el papel con furia pero sin dejar rastro.

En resumen: creí que mis días de estilográfica habían terminado y que tendría que pasarme a los bolis de tinta en gel, que ahora son de muchos y hermosos colores. Hasta que alguien me habló de la Waterman Phileas. Por razones algo largas y complicadas de explicar ahora mismo, me compré una.

Es una pluma de diseño muy clásico, con el cuerpo negro o de colorines con efecto mármol, y sobrios adornos art decó en oro. Tiene el cuerpo ligeramente rechoncho, amigable, y un hermoso plumín de oro y acero con filigranas que le da un aire muy noblote y un poco serio. Al principio me pareció un poco incómoda; acostumbrada a la esbelta línea argéntea de mi Waterman, la Phileas, aunque ligera, encajaba entre los dedos de manera un poco incómoda, un poco a contrapié. Pero apenas tras una semana de escribir con ella, supe que había encontrado la nueva pluma con la que compartir alegrías y pesares. La Phileas es una pluma para todos; no os dejéis engañar por su exterior de Vicepresidente. Al igual que el indomable viajero de la novela de Verne, Phileas Fogg, esta pluma puede ir a donde sea y hacer lo que sea necesario, sin quitarse la chaqueta ni perder su elegante atuendo azabache y oro. Tiene el trazo fácil, limpio y sin estridencias, extraordinariamente cómodo, y la presa es suave y se amolda a tu ritmo de escritura, sin pedirte más o menos velocidad. Me encariñé de inmediato con ella y ahora me sigue a todas partes. Estos últimos días he estado a punto de perderla dos veces y creo que el cuasidisgusto me ha quitado lo menos un mes de vida.

Moleskine y Phileas negra: una combinación de las que harán historia. Y si no, al tiempo.

12.9.02

Paciencia, paciencia, ya va

Lo que pasa es que volví el domingo de cuatro días mágicos en Uclés y todavía ando un poco saturada, pero dejad que las cosas se posen, dejad. En algún momento me sentaré tranquilamente toda una tarde frente al ordenador y os iré contando alguna cositas, aunque no sé todavía cuáles, hay tanto donde elegir...

(En realidad lo que pasa es que cuando una disfruta prefiere irse por ahí y estar con la gente antes que frente al ordenador, pero ya me empieza a entrar mono, que todo lo que está bien está bien, pero me he encariñado mucho con esta bitácora, que dentro de nada cumplirá un añito, y no pienso dejarla de lado así caiga la décima plaga bíblica, que visto lo visto puede que ya haya caído y sea OT, pero nunca se sabe, que aún puede ser peor, y menos mal que no me gustan los paréntesis largos).

Ah, y especial para Vendell: ya me he aprendido el Aserejé. Si es que la depravación moral alcanza hasta a esta su humilde bibliotecaria. Qué triste.

¿No os habéis leído Baudolino? ¿Y a qué esperáis?

Lectores míos a los que vi en Uclés: majos, más que majos, dáis un nivel fabuloso a esta página.

Daurmith, dispersa y buscando el Sambatyón

3.9.02

La conversa

Prodigio de lógica donde los haya. Que sí, hombre; si nos ha pasado a todos. Digamos que vuelves, tras larga ausencia, a tu pueblo. Alegría y regocijo, jolgorio por doquier. Y un gran reto conversacional:

-¡Huy! ¿Ya estás aquí?

¿Qué hace una ante semejante pregunta? Porque la obviedad es de las que hacen época. Sí, claro que estoy aquí; si no estuviera aquí le estarías haciendo la pregunta al aire y eso suele quedar rarito y la gente te mira de reojo, disimulando.

-¡Chica! ¿Ya has venido?

Otra que tal. No, mire, sigo de viaje. Esto es una proyección taquiónica de mi persona para que pueda usted hacer esas preguntas que, fíjense si no, forman gran parte de nuestro bagaje conversacional. Como cuando te ven repantigada en la silla, con la mesa cubierta de platos vacíos apenas espolvoreados por unas pocas migas como restos de una batalla, y tú con una cara de felicidad que no se la salta un canguro y el botón de los vaqueros desabrochado, y una mancha de crema de chocolate en la comisura del labio, y te preguntan tan panchos si ya has comido. ¿Quién, yo? Noooo, es que he visto la mesa así y me he sentado un rato a descansar; el chocolate me lo he puesto con pincel porque hace juego con mis ojos. Como cuando llegas a casa y te ven y te preguntan si ya has llegado. Como cuando te ven dando de mamar a un rorro y te preguntan si has tenido un bebé, ¿creerán que has cogido prestado el de la vecina? O cuando te ven con la pierna escayolada hasta la ingle y te preguntan, solícitos, si te ha pasado algo. No, mire, es que es moda.

Aunque en esto, como en tantas otras cosas, quienes ganan son los americanos. La escena: aguerrido joven musculoso desafiando la naturaleza en escalada libre. Cacho piedra que se suelta y batacazo del atleta, que se estozola y queda como un trapo seis metros más abajo, o los que sean, despellejándose previamente media epidermis al tratar de agarrarse a la montaña con todo lo que tenga a mano, hasta con las pestañas. Pero la gravedad gana el round y nuestro héroe queda en el suelo hecho un guiñapo, sangrante y contuso. Los equipos de apoyo corren hacia él y de inmediato, mientras despliegan miles de dólares de equipo médico, van, y, tal como les ha instruido el manual, le preguntan, solícitos, "¿Estás bien?". Seguro que si el Spiderman de turno tuviera aliento para contestar les llamaría de todo y luego se dedicaría a revisar su árbol genealógico para redondear la cosa. O no, que somos todos algo tontos; seguramente diría, "Sí, estoy bien", mientras se aguanta la pierna rota con la mano que no se ha destrozado en las rocas y trata de que la sangre que le chorrea por la cara no le entre en los ojos. Pero así es el arte de la conversación entre los seres humanos. Hay que ver.

Todo esto son gambitos conversacionales para abrir boca, y no sé por qué razón deben empezar a menudo con una obviedad, pero lo hacen. Mi natural perfidia siempre tiene a punto un retruécano, pero como una es, en el fondo, buena (que síiiii, desconfiaos; más buena que el pan), pues no dice nada y sonríe y admite que sí, que he venido, y añado además que estoy aquí y que no, ahora no estoy en Estados Unidos, ya ve qué cosas. Y luego me muestro de acuerdo en el tiempo tan raro que estamos teniendo, fíjese, Agosto y lo que ha llovido, y de ahí ya pasamos a cuestiones filosóficas y culinarias. Que van más unidas de lo que la gente se cree, pero esto es otra historia.